lunes, 10 de agosto de 2015

El raro diseño de la luna (6-10)

6


La ventanilla del autobús le sonreía, pensaba Nora. Claro que lo que realmente estaba viendo era su propio reflejo. Era una expresión fingida, pero como su propio rostro también le parecía artificial, se sentía como si efectivamente alguien más sonriera. “Tendría que ser un fantasma porque se ve transparente”, pensaba.
Nora solía ser poco consciente de sí misma, por eso siempre a su alrededor habían personas procurando que se mantuviera bien. Tampoco era que ella se buscara niñeras, o algo por el estilo, pero tenía algo que atraía a personas como sus caseros y Mariana. Pensándolo bien, ella no los atraía, eran más bien accidentes, como si el destino interviniera en su favor.
Era un pensamiento engreído, pero afortunadamente los pensamientos son algo privado y además estaba profundamente agradecida por contar con más personas, además de su familia, que vigilaran su bienestar. Por eso se sentía egoísta cuando la sensación de vacío crecía dentro de ella, anhelando. A pesar de todo, Nora estaba insatisfecha  y fue eso lo que le permitió recordar aquello que había perdido. Quizá la insatisfacción era su principal característica, esa que sólo se admite para uno mismo. O quizá los seres humanos por naturaleza somos seres insatisfechos y ella era la persona más normal del mundo.
Nora apuraba su bebida cuando la vio pasar. Obviamente no estaba segura de que se tratara de ella, era más bien una especie de presentimiento inexplicable (y conveniente). No la notó de inmediato; tuvo que verla detenidamente un par de veces antes de atreverse a pensar que podría ser ella.
Era lunes por la tarde y no todas las personas a las que consultó estuvieron encantadas de ayudarle. Además, tampoco es que fuera muy confiable su modo de operar. Simplemente seleccionaba al azar a una transeúnte y le hacía la pregunta directa. La verdad es que con aquello no había obtenido ningún progreso, pero sí que le habían arrojado más de una mirada de susto. Derrotada, se había sentado en un puesto de jugos de la zona comercial, pidió algo de beber y mientras sorbía, aquella mujer en la acera de enfrente llamó su atención.
No lucía exactamente como la recordaba, por eso le costó un poco de tiempo extra reconocerla, pero ahí estaba el cosquilleo en las manos (las cosas importantes siempre las sentía en las manos). ¿Correría hasta ella? Y si lo hacía, ¿qué iba a decirle? “¿Que no puedo dejarla ir, que aunque sé que debía olvidarla, simplemente cierro los ojos y la veo?”, pensó. Nora no quería ser tan intensa. Con aquella mujer todo era vertiginoso y debía serlo así, de otra manera nunca podía servirle como lo hacía.
Ese era el otro problema. Si tan solo fuera una obsesión inocente, bien podría ser perdonada, pero en realidad se trataba de una obsesión interesada. Necesitaba recuperarla en su vida para que todos sus proyectos no se vinieran abajo. Tenía que ser sincera, sí, pero por otro lado no tenía que serlo en ese preciso momento. Pensó que si se trataba de ella, tendría que estar acompañada.
Y lo estaba.
Alguien acababa de darle alcance justo frente a una tienda de bisutería. La otra chica parecía totalmente ordinaria, claro que desde donde se encontraba no podía ver con más detalle. Como fuera, no era su asunto qué tan especial era su compañera, Nora necesitaba acercarse, hablarle y saber si ella también la recordaba.
Se apresuró a pagar su consumo, pero con todo y la prisa, las perdió. No podían estar lejos, apenas había tardado un par de minutos.
Nora no había sido realmente consciente de la cantidad de gente que se aglutinaba  alrededor, con todo y que apenas daba inicio la semana. Ahora, sin embargo y seguramente debido a su urgencia, los transeúntes parecían una marea incontenible e incómoda. Como si a propósito le impidieran alcanzar su objetivo.
Pero Nora logró mantenerse tranquila, la parte difícil estaba hecha (siempre y cuando se tratara de ella, pero que sí, que sí lo era, sin dudarlo). Lo demás se lo dejaba al destino, que como ya se dijo, hasta el momento siempre se había mostrado benévolo.

7


“Oficialmente, estoy en quiebra”, pensó Mar mientras recogía del piso las bolsas de la tienda de ropa interior. Claro que esa última compra era ineludible; sin importar la dimensión o mundo de origen de Luna, no podía permitir que anduviera por el planeta tierra con bragas prestadas, ¿qué clase de anfitriona sería? Claro que no es como si ella hubiera decidido por cuenta propia ser la anfitriona de una misionera intergaláctica, quizá no misionera, a lo mejor hasta pertenece a la milicia, pensó Mar. A lo mejor es una sargenta, o una capitana, o su equivalente tempo-espacial, o algo así, una nunca puede estar totalmente segura con los seres de otro mundo.
Mar se sorprendió por pensar seriamente aquello.
Buscó a Luna por la tienda. Perfecto, nuevamente se había ido sin ella. ¿Para qué la necesitaba si en un abrir y cerrar de ojos desaparecía? La necesitaba para cargar las bolsas (al inicio las cargaba Luna, pero Mar la vio olvidándolas en cada lugar que paraban), también para pagar, claro.                           
Luna necesitaba ropa; aunque parecía una fotografía profesional tal cual estaba, no podía vestir por siempre con los jeans y la blusa con los que apareció en el mundo terrenal. Mar se había dado cuenta de eso cuando Luna la enteró de que pensaba acompañarla a su trabajo, con sus amigos, a las galerías, a todo sitio. “Eres mi vínculo”, había dicho Luna. “Su vínculo, su vínculo… su nana”, había pensado Mar. Entonces le propuso a Luna ir de compras. Aunque no era su actividad favorita, no le molestaba del todo. En las tiendas podía echar un ojo a las chicas de los alrededores, quizá sonreírle a alguien, de preferencia bonita, de más preferencia más bonita. No debería ser tan superficial, pero ojalá fueran bonitas. Entonces se le ocurrió que no era precisamente una persona millonaria; apenas había recibido su primer cheque (que le dieron completo porque aquello del impacto del rayo resultó ser digno de compasión) y entonces le preguntó a Luna si ella tenía dinero terrícola.
Luna dijo que aquello no era un problema. Mar tuvo sus dudas, pero optó por confiar. Pero cuando vio que Luna lo que hacía era ejercer algún tipo de control mental sobre los vendedores de ropa (Vendedor: “Son 295 por la blusa”. Luna: “Sí”. Vendedor: “tenga un buen día, señorita”), para obtener las compras gratis, se sintió moralmente comprometida y le dijo a Luna que ella se encargaría de las cuentas. Y ahora estaba en bancarrota. Afortunadamente ya tenían todo lo que necesitaban para sobrevivir y aunque no fuera así, su límite de crédito estaba comprometido si seguían adelante.
“Parece ser bastante terrícola cuando compra”, pensó Mar, poniéndose de puntas para buscar a Luna. Poco a poco la zona comercial se había llenado de gente; las personas parecían encantadas de comprar desde el primer día de la semana (lo que suele ocurrir si cae en día de pago) y entonces Mar pensaba que era uno de esos momentos en que 10 cm más de estatura serían perfectos. Pero las piernas no se estiran con solo desearlo, por mucho que lo sugirieran algunas películas, así que no tuvo más remedio que aguantar el equilibrio con todo y las bolsas (que no se ha dicho, pero nunca es tarde, eran ya varias). Mar vio a Luna inclinada al puro estilo coqueta de los años cincuenta en la barra de un carrito de comida (ya saben, con medio torso dentro del puesto, la pierna derecha levantada y cierta manera de juguetear con el cabello). Después de recuperarse de su asombro y sacudir el pie izquierdo que se le había acalambrado, se dirigió hasta Luna.
“Gracias, estoy hambrienta. ¿Cómo supiste?”
Luna volteó para encontrarse de frente con Mar.
“No sabía que estabas hambrienta”
Mar se dio cuenta de que Luna no entendía el sarcasmo.
“¿Qué ordenaste?”
“Nada. Le pedí al amable señor su número telefónico”
Mar vio instintivamente al hombre que despachaba una empanada. Además de aparentar más de sesenta años y ser nada atractivo, le pareció que sonreía como un pervertido.
“Vámonos de aquí”, dijo Mar, tomó a Luna de la mano y la alejó del sitio. “¿Estabas coqueteando con ese señor?”
“El flirteo es el primer estadio del reconocimiento romántico”, puntualizó Luna acertadamente.
“Sí, pero ¿con ese señor?”
“Estoy ejercitando mi capacidad de persuasión en los asuntos amorosos. He llegado a la conclusión de que soy atractiva para la raza humana”
“Sí, eres atractiva para los que tienen un par de ojos, definitivamente, pero eso no significa, de ninguna manera, que vayas por el mundo coqueteando con pervertidos”
“¿Ese señor era un pervertido?”
“No lo sé, pero te aseguro que no lo queremos averiguar. En lo consiguiente, por favor, consúltame con quién coqueteas”
“Lo haré. Eres de mucha ayuda, gracias”
Luna tomó a Mar de la mano y en un movimiento grácil se la acercó a la boca, dejando en el dorso de la mano de Mar un suave beso.
“¡Qué haces!”
Mar alejó de inmediato su mano de la mujer de otro mundo.
“Estoy ejercitando mi capacidad de persuasión en los asuntos amorosos”, contestó Luna, tranquilamente, desviando su atención rápidamente a un par de ancianas que cargaban bolsas de compras y platicaban de lo tarde que se había hecho.
“Yo no soy ningún ejercicio amoroso, Luna. Que quede claro”
“Entendido”
“Bien…y respecto a ese tema, hay algo que debo decirte”
“Dime”
“Pero no aquí, vamos a sentarnos a esa banca de allá, hay menos gente”
Luna obedeció y fueron hasta el lugar indicado por Mar. Tomaron asiento y pasaron unos minutos sin que ninguna dijera una palabra. Luna tenía la mirada perdida en un anuncio luminoso de bisutería. Mar buscaba las palabras para comenzar a tratar el asunto que traía en mente.
“Pues…”, Mar pensó que tenía que ser directa. Finalmente, aunque no era su especialidad, con Luna las cosas tenían que ser claras como el agua. Claro que hay aguas muy turbias, y aunque el agua sea muy clara, cuando está contenida en un recipiente transparente también distorsiona las cosas… Mar tenía que controlar la divagación. En voz alta continuó:
“Pues… lo que te quería decir es que si lo que quieres es mi ayuda, realmente espero que los señores empanaderos no sean objetivos de tus intenciones de amor terrícola-intergaláctico”
“¿Qué tienen de malo? Ah, ya recuerdo, son pervertidos”
“Sí… no, quizá algunos, pero ese no es el punto. El asunto aquí es que yo no te podría ayudar en nada si lo que buscas es ligar a un hombre, en general, no tiene ni que ser taquero ni que ser empanadero, o viejo o joven, me refiero a los hombres en su totalidad”
“¿Es porque eres un ser homosexual?”
Mar no estaba segura de que la expresión le gustara o disgustara, era la primera vez que la llamaban “ser homosexual”, y la forma tan rara de hablar de Luna, con su voz ronca, la desubicaba en cada oportunidad.
“Soy una mujer a la que le gustan las mujeres. Así es. Como bien ya sabes porque nos hemos visto antes en muchos sueños”
“Es correcto”
“Entonces, como quieres mi ayuda, es preciso que te hagas a la idea de que mi horizonte de expectativas se reduce a lo femenino, nada masculino”
“¿Las mujeres que gustan de mujeres y que son masculinas, también serán descartadas?”
“Sí… no…ok… no todo lo masculino queda descartado, dependerá de otros atributos”
“¿Sus senos?”
“Esos no son realmente importantes… espera… ¿Qué bases de datos has estado consultando?”, toda charla con Luna era agotante, pensó Mar.
“He consultado en su mayoría escritos sobre psicología y teoría de género; de acuerdo a ciertos autores, quien gusta de lo femenino por lo regular gusta de los senos”
“De acuerdo… consultar bases de datos está bien, pero no creas todo lo que lees”
“Realmente los datos al respecto son muy confusos. Algunas cosas se contradicen”
“¿En esas bases de datos aprendiste esos movimientos de ligue que usaste con el empanadero?”
“¿Te refieres a mi lenguaje corporal?”
 Mar asintió. Luna continuó.
 “Es correcto, el apareamiento en todas las especies animales, el ser humano incluido, es precedido por una muestra de las dotes y virtudes físicas de los contendientes”
Mar no pudo evitar sonreír. Sus pies palpitaban por tanto caminar, estaba segura de que habían perdido el hilo de la conversación  y que una vez más nada quedaba claro entre ella y su visitante estelar, pero no pudo evitar sonreír.
“Vale, pero no te pavonees tanto”
“Entendido”
“¿Qué harás entonces si estás interesada en sexagenarios?”
“Eso no es un problema. Simplemente los descartaré”
“Tampoco soy muy útil si son jóvenes”
“Descartaré a los varones, si eso te parece bien”
“La verdad es que no me parece tan bien como yo quisiera”, dijo Mar sinceramente. “Algunas personas se toman muy en serio lo de si te gustan las mujeres o los hombres, y si eres gay a veces tienes más problemas… además, ¿eres una mujer, cierto?”. A veces las preguntas tontas pueden ser también interesantes o conducir a algo importante.
“Me materialicé como mujer, sí”
“¿Tu materialización no viene programada con gustos de mujeres?”
“Es correcto, sí”
“Lo más racional sería que te inclinaras a tener una experiencia romántica con un hombre”
“Discúlpame por disentir.  Pero de acuerdo a mis observaciones previas, a las bases de datos y sobre todo, a lo que sucede con mi química corporal y mis respuestas en el sistema nervioso, poco hay de racional en las inclinaciones románticas de las mujeres”
“El movimiento LGTBI te amaría”
“No estoy interesada si se trata de un hombre”
Mar dibujó una nueva sonrisa. ¿Se había olvidado del cansancio? No. Ahí seguía.
“¿Entonces puedes enamorarte de una mujer?”
“Es virtualmente posible, sí”
“De acuerdo. Entonces, vamos a eso. Y como primer punto, deja de coquetear con empanaderos”
“Solo empanaderas, entendido.”
“Vamos a casa”

Mar y Luna emprendieron el camino de regreso a casa. A los 15 minutos de trayecto a pie, Mar ya había olvidado la gran simpatía que sentía de vez en cuando por Luna puesto que, mientras ella sentía que las bolsas que cargaba se tensaban en sus dedos provocándole una especie de sensación pre-gangrena, Luna caminaba como flotando, llevando la carga que le había tocado.  Decididamente aquello era irreal, pensaba Mar, sobre todo la parte en la que comenzaba a parecerle normal ver a Luna aunque apenas habían pasado menos de 48 horas.
Luna se sorprendía con todo; quizá era la primera vez que veía aquellas cosas en un plano físico. Se acercó a un par de árboles y palpó unas hojas bajas, se detuvo a acariciar a tres perros, prestaba atención a los artistas ambulantes y observaba a todas las diferentes personas con las que se cruzaban en el camino. Mar tenía sentimientos encontrados. Por una parte, el cansancio la hacía necesitar un baño, su cama y una sesión de pensamientos de rechazo a la idea de una marciana desconsiderada. Por otro lado, ver a Luna tan consciente de todo lo que ocurría a su alrededor, disparaba también su propia consciencia.   
De pronto le entraron ganas de fumar, pero llevaba las manos ocupadas y pronto llegarían a casa y entonces podría desahogarse, descansar y después de todo no era tan malo ver los primeros pasos de una alienígena en el mundo.
En cierto momento del último tramo de recorrido (unos 5 minutos aproximadamente, si es que debo ser precisa), Luna y Mar se encontraron caminando hombro con hombro. En silencio, a buen ritmo. Después de todo había sido divertido ir de tienda en tienda con Luna; hasta verla coquetear con el señor del puesto de comida había tenido su encanto, finalmente comenzaba a entender eso del vínculo, pensó Mar, quizá era como una amistad codependiente, aunque todavía no estaba muy claro en qué dependía ella de  Luna. Tal vez la aventura fuera suficiente retribución, después de todo no es como que todos en el mundo pudieran protagonizar un capítulo cómico de los expedientes X. Por cierto, debería poner el recordatorio en su celular porque el sábado anterior se había perdido el capítulo en el que Mulder descubría que el fumador era su padre. También se debía recordar no ver los resúmenes de los capítulos para no tener spoilers. Tal vez a Luna le gustaría la vieja serie.
“Recuérdame que el sábado a las 10 de la mañana tengo que ver algo en la televisión”
“Anotado”
“Osea, que si quieres verlo conmigo, es una serie de alienígenas y cosas raras, a lo  mejor te sientes… no sé… identificada”, eso no sonó muy bien. “Es decir, no porque seas una cosa rara, sino porque es entretenido y pues para que veas que esto que tenemos no es algo que se considere cotidiano…”, seguía sin estar muy bien. “Solo recuérdanos que si quieres  y yo quiero, podemos ver una serie vieja bastante entretenida, el sábado a las 10 de la mañana”
“Anotado”
“Tú no olvidas esas cosas, ¿cierto?”
“Si me propongo recordarlas, las recuerdo”
“Vale. Eso es conveniente, yo suelo olvidar algunas cosas”
“Y también sueles decidir no recordarlas”
“¿Qué quieres decir?”
“Sueles considerar más importantes unas cosas sobre otras. Si no te interesa algo, dices que lo olvidaste y punto.”
“¿Quieres decir que miento?”
“A veces mientes, sí”
“¿Sabes que llamar mentirosa a alguien no es muy cortés?”
“Solamente continuaba con tu línea de argumentación. Si lo deseas, guardaré silencio”
“Ah, no, no. Dime, ¿cuándo miento?”
“De acuerdo a mis datos, las situaciones más recurrentes son: cuando dices que no fumas. Cuando dices que estás trabajando porque no quieres salir. Cuando dices en tu trabajo que algo te llevará más tiempo del que en realidad te tomará. Cuando le dices a alguien que te gusta solo para no crear conflictos. Cuando le dices a alguien que no te gusta solo para no crear conflictos. Cuando le dices a tu madre que has dormido bien. Cuando le dices a Sara que es tu mejor amiga.”
Mar se quedó sin réplica. Quería puntualizar varias cosas, pero Luna había enlistado aquello con la seguridad de un magnate de los negocios explicando una gráfica de fluctuaciones.
“¿Esas solo son las recurrentes?”, alcanzó a preguntar la terrícola.
“Sí. Hay varios casos diferentes por día, pero a razón de frecuencia-tiempo, esas son las situaciones en las que empleas la falacia”
Mar guardó silencio y continuó caminando. Luna igualó su paso.
“¿Puedo hacerte una pregunta en este momento?”
Mar no estaba segura de querer responder, pero aceptó.
“Dale”
“Me ha parecido que la puntualización de tus mentiras recurrentes te ha molestado. ¿Es cierto?”
“Qué perspicaz”
“¿Entonces, estás molesta?”
“Supongo que no lo hiciste con mala intención, pero sí, es un poco molesto a veces escuchar algunas verdades”
Pero a Luna no parecía interesarle tanto el estado de ánimo de Mar, como su propia capacidad para haber detectado la emoción negativa en la terrícola, pues continuó:
“Durante esta tarde he observado el lenguaje facial de las personas. Hay señales inequívocas de emociones que se dibujan en el rostro”
“Bien por ti”
“Permaneces molesta, se ve en tu entrecejo y tu labio superior se convierte en una línea horizontal”
“Así es, tal como te lo dice mi cara”
“¿Por qué? no he vuelto a puntualizar alguna falta moral de tu parte”
Mar suspiró. Ya empezaba a recordar el cansancio en todo su esplendor. Por fortuna faltaba poco para llegar a casa, estaban a un par de cuadras y francamente había sido suficiente charla.
“Ya casi llegamos. Dejaremos esta conversación inconclusa, hasta nuevo aviso. ¿De acuerdo?”
“Aceptado.”
La cena fue ligera.  Después, como hacía algo de calor, toda la familia se reunió frente al televisor a ver el noticiero (el padre de Mar no dormía sin ver el noticiero) y a tomar limonada fría (la madre de Mar era fanática de la limonada azucarada y helada). Mar estaba pensativa mientras Luna y su madre revisaban las bolsas de compras y su padre no sabía si poner atención a la reseña del atraco de un banco o cazar esa semilla de limón que se había colado a su vaso de bebida. ¿Por qué todo encajaba tan natural? Parecía que Luna siempre hubiera estado ahí. Era muy extraña, a Mar solo le parecía que era extraña, no podría ver otra cosa. Estar con ella era cómodo, hasta que recordaba que todo era un experimento, que ella era un instrumento. De pronto le entraron ganas súbitas de meterse bajo sus sábanas, así que sin más se despidió de todos.
La pantalla de su celular brillaba a toda potencia entre la penumbra de su habitación. Tres llamadas perdidas, pero no se sentía con ánimos de hablar con Sara. Eran raros lo días en que no sabían nada la una de la otra, pero no podría dejar de pensar en su última mentira recurrente, según Luna. Sus papás definitivamente sospechaban que algo pasaba entre ellas, seguramente un par de amigos también lo sospechaban, pero era diferente que alguien, aunque no fuera de este mundo, estuviera tan segura sobre algo que ni ella misma se atrevía a reconocer. Claro que era obvio que Luna conocía sus sentimientos, porque aparentemente conocía todo sobre ella, pero decir las cosas en voz alta siempre las vuelve más complicadas. Mar tenía sus diseños para decir aquello que por mil rezones debía callarse y hasta el momento todo se había mantenido balanceado, torpemente a veces, pero en armonía.
La primera vez que Sara la rechazó, Mar sintió que se moría. No tanto por el corazón roto, como por la vergüenza. Mar había tomado la iniciativa sólo cuando, a juzgar por ella, una negativa no era posible. Estaba casi completamente convencida de que Sara sentía por ella lo mismo, pero debió haberle hecho caso al casi porque lo que recibió fue un típico agradecimiento y un abrazo. Y eso no había sido lo peor, una aprende a lidiar con el rechazo tarde o temprano, lo peor era que Sara actuaba como si nunca hubiera pasado nada, las cosas seguían como siempre habían sido desde que se conocieron en la secundaria.  Al siguiente día de su declaración, fueron al cine, cenaron en casa de  Mar, se encerraron en la habitación a hablar de mil cosas y punto.
Mar casi había olvidado aquello, y nuevamente que sirva de lección para prestar atención a los casi, cuando cierta noche, unos años después del rechazo, Sara había aparecido llorando en la puerta de su casa. No era algo tan fuera de lo común, Sara se había hecho novia de un chico que era perfecto hasta que bebía o se ponía celoso. Era terrible cuando bebía por estar celoso. Si bien desde su revelación como ser homosexual, puesto que finalmente le había gustado el término, pensó Mar, sus padres tenían la regla de “no chicas a dormir en casa”, incluso si era su adorada Sara, en casos como urgencias amorosas se podía aplicar flexibilidad a la norma. Cuando Sara aparecía en su umbral por crisis de pareja, por lo regular se la pasaban hablando hasta muy entrada la madrugada, luego bajaban por café antes del amanecer y sus papás bajaban para el desayuno.
Esa noche, sin embargo, Sara estaba callada. Mar intentaba métodos de persuasión psicológica para sacarle la historia a su amiga, cosa que solo se concedía con las mejores amigas puesto que por lo regular no se inmiscuía en los asuntos privados. Pero Sara apenas decía algo sobre su novio siendo un imbécil celoso. Aparentemente había leído algo en la libreta de Sara y estalló la bomba celotípica. Como no obtenía resultados, Mar había optado por poner música a bajo volumen y tamborilear sobre sus rodillas para que el silencio no fuera tan incómodo. Sara, por su parte, estaba sentada en el piso de la habitación con las piernas cruzadas. Así habrán durado un par de horas. Mar no lo sabía porque en algún punto se había quedado dormida. Se despertó abruptamente cuando sintió algo frío en su mejilla derecha. Era Sara que la picaba con uno de sus dedos largos.
“Pareces una muerta, estás helada”
“Eres una pésima anfitriona, te quedaste dormida mientras lloro mis penas de alcoba”
“Disculpa, es que estás en modo críptico”
Vaya que les gustaba usar esa palabra.
“¿Me vas a decir de una vez por qué se enojó Iván?”
“Se enojó porque es un idiota que tiene celos de ti”
En aquel momento, Mar se indignó mucho, se puso de pie y empezó a puntualizar todas y cada una de las razones por las que Iván cada día demostraba tener problemas emocionales que debería consultar con un psiquiatra.
“El punto es que quizá tenga razón”
Había dicho Sara. Y entonces Mar, como una verdadera mala persona, se olvidó de la novia que en aquel entonces tenía y que, pensándolo bien, pudo ser la causa del repentino interés de Sara, siempre egoísta, y se lanzó a la boca de su amiga para verdaderamente darle sentido a los celos de Iván.
Mar ni siquiera recordaba bien lo que habían hecho en la cama. Quería pensar que había sido bueno, pero en verdad no lo recordaba, todo había sido impulsivo, como demasiado necesario. Se había entregado como virgen de sacrificio, esa era la verdad y Mar se cubrió la cabeza con sus colchas nada más por recordar la vergüenza que sentía por aquel momento. ¿Luna también sabía aquello? Obviamente lo sabía, por eso había visto a Sara de aquella manera en el museo, todo en retrospectiva puede ser reinterpretado, pensó. Se sintió con la necesidad de dar explicaciones, pero ¿a Luna?, ¿por qué tendría que darle explicaciones? Además, qué podría decirle que no supiera ya.
Después de aquella noche  no había vuelto a suceder nada entre ellas. Mar había terminado a su novia sin darle explicaciones y su culpa se asentaba cada vez que veía a Iván. Sara, por otra parte, siempre parecía fresca, libre y esa libertad que Mar veía la hacían quererla y detestarla al mismo tiempo. Vale, estaba siendo un poco melodramática, porque aquello de detestar a Sara, nada, pero es que el asunto de Luna la tenía con los nervios descolocados.
Supo entonces lo que quería hacer. Todavía cubierta con las cobijas, se concentró. No tenía realmente una idea de cómo funcionaba aquello pero la última vez había dado resultado. Luna… mi Luna, pensó.
“¿Me necesitas?”, escuchó la voz de Luna en su cabeza.
“¿Aún puedes meterte en mi mente?”
“Solo si me llamas. ¿Qué ocurre? ¿Quieres que vaya a tu habitación?”
“¡No! no, no, así está bien, ya es suficientemente embarazoso hacerlo por medio de psicowifi”
“No entiendo…”
“Olvídalo. Yo te llamé porque quiero hacerte una pregunta”
Mar tomó el silencio de Luna como una invitación para continuar.
“Tú dices que has venido… no, no, que te has materializado en este mundo para poder sentir lo que los seres humanos sentimos”
“Es correcto”
“¿Tú sabes qué es lo que yo siento, cierto?”
“Es correcto”
“¿Y te parecen bien mis sentimientos?”
“No entiendo la pregunta”
“Vale… me refiero a mis sentimiento por… ya sabes, Sara”
“Entiendo que estás pidiendo mi opinión sobre el amor que sientes por Sara”
“Es… correcto”. ¿Por qué había comenzado esta conversación telepática?
“El amor es una de mis más grandes aspiraciones. Cuando nos conocimos noté el amor que sientes y al observarlo, conocer su irracionalidad, incondicionalidad, me pareciste un ser digno de contemplación”
“En estos momentos me haces sentir como una monja”
“No entiendo”
“No importa. Continúa con lo de ser digno de contemplación”
“Por lo regular, el amor requiere de reciprocidad. Los seres humanos, tarde o temprano, cuando no son correspondidos, dejan de amar o convierten el amor en una especie de obsesión. Aún no sé si porque no quieren dejar de sentirlo o porque temen volver a pasar por el aparentemente doloroso proceso de amar a otro ser. Tuve la suerte de conocernos mientras tu amor no se ha transformado, está intacto y supongo que se debe a que no esperas que sea recíproco, te basta con tener a Sara cerca. La situación es más interesante cuando en el panorama observo a Sara conocedora de tus sentimientos y desinteresada por ellos”
Auch. Aquello último había dolido. 
“¿Desinteresada? Yo no creo que a Sara le importe un cuerno lo que siento. Puede que sea un poco egoísta, pero de eso a que le importe un pepino que la amo, no creo…”. Sí, había dicho aquello en voz alta, o mejor dicho, pensamiento alto, y Mar sabía que aceptarlo solo podía traer dolor. Otra vez con el drama. Mar se despabiló. “Lo que quiero decir, es que no puedes asumir de manera tan tajante que a Sara no le importa lo que siento, a ella no la conoces”
“La conozco a través de ti”
“Eso no es suficiente. La mirada de las personas no siempre es lo que realmente es”
“He leído algo de eso en las bases de datos. Las apariencias engañan, ¿eso es lo que dices?”
“Así es. No debes asumir que Sara sea tan fría. Ella no es así.”
“Si tú lo dices, lo tomaré en cuenta. Finalmente, en lo que respecta a tu pregunta inicial, si considero que tus sentimientos por Sara están bien, no tengo una respuesta contundente”
Mar pensó que esa respuesta era la más predecible. Sin embargo, Luna continuó pensando.
“Los seres humanos prestan mucha atención a lo bueno y lo malo, pero creo que cuando se trata de sentimientos, cada situación aporta datos nuevos y diferentes. Mientras que el que puedas sentir amor por Sara, sin esperar nada a cambio por tanto tiempo, es una cualidad que puede considerarse buena, el hecho que te impida sentir amor por otro ser que esté dispuesto a amarte, puede considerarse como malo”
Mar sabía que Luna solo estaba siendo mecánica, solo analizaba datos que iba recogiendo como una investigadora social de la raza humana. También sabía que apenas llevaba unos días en el mundo, quizá aprendería que Sara no era tan egoísta como creía, casi no, casi.
“¿Necesitas algo más?”
“¿Acaso tienes algo más que hacer?”, Mar estaba enfadada, lo estaba.
“Tu madre insiste en que arreglemos mis prendas nuevas en unos cajones de tu hermana que desocupó”
“¿Estás teniendo esta conversación conmigo mientras estás con mi madre?”
“Es correcto”
“Vete… es decir, deja esto ya. Ciao. Cambio y fuera.”
“¿Cambio y fuera?”
“¡Adiós!”
Y Mar se destapó la cabeza como si aquello fuera una especie de interruptor. Mar se propuso firmemente que le enseñaría a Luna que Sara no era una egoísta, no su Sara. ¿Luna quería aprender? Ella le enseñaría, vaya que le enseñaría. Con todo y lo absurda que pudiera resultar la idea.
“Buenas noches, Mar”
“Sal ya de mi cabeza…”

8


Nora envió el correo electrónico con el archivo adjunto. Había logrado completar un poco más de lo que le habían solicitado, así que Raúl estaría satisfecho y dejaría de enviarle mensajes de texto cada dos horas. Buena chica. ¿No siempre era así? Hacer bien las cosas le daba el derecho de que la dejaran en paz. De nuevo crecía dentro de ella una sensación de autosuficiencia molesta, hasta para ella. Mejor debería terminar su desayuno. Después tendría tiempo de sentirse sociópata. Nora rio por lo bajo, no era tan mala persona, lo sabía. Necesitaba estar sola, eso era todo.
¿Cómo volvería a encontrarla? No le apetecía volver a estar parada durante horas en la zona comercial, solo para perderla de vista, valga decir. A lo mejor no debió haber sido tan tajante en su respuesta en el foro. Tal vez si hubiera socializado un poco, ahora tendría más pistas para encontrarla. Suponiendo que fuera ella, aunque eso ya se había decidido el día anterior.
Nora decidió visitar las librerías del centro de la ciudad. Habían varias y el olor de las hojas, nuevas y viejas, la hicieron feliz. Rebuscó por los pasillos, por si encontraba algo interesante.
L'étoile a pleuré rose au coeur de tes oreilles/ L'infini roulé blanc de ta nuque à tes reins… No tenía la edición bilingüe. El libro era una verdadera ganga. Casi sintiéndose un poco delincuente, pagó por los versos. Triste historia la del poeta. Claro que por lo regular ya con el simple hecho de ser un poeta lo de la tristeza iba como de la mano. Pero hay que ver lo intenso que era cuando estaba en aquella relación tormentosa, con otro poeta, claro, receta para el desastre. A Nora le dio cierto cosquilleo en el corazón pensar que gracias a la truculenta historia de amor ahora ella tenía un pedacito de felicidad entre sus manos. “La estrella lloró rosa prendida de tu oído…” Ojalá ella pudiera escribir algo como aquello. Claro que ahora los poetas escribían de manera diferente,  pero no podía dejar de fantasear con una vida sumida en la profunda tristeza de la carencia y de un amor violento. De nuevo estaba siendo malagradecida.
Continuó caminando mientras repetía en voz media los versos, como apresándolos en su memoria, como intentando sentirlos. Y entonces tuvo una idea, bueno, no precisamente una idea, más bien parecía un recuerdo. Intentó sentir con todas sus fuerzas, pero no funcionó. Pero tenía que hacerlo, era la única opción que le quedaba, claro, eso y dar vueltas por toda la ciudad esperando que por un acto divino, volviera a toparse con ella. Hallaría un lugar para concentrarse y entonces la llamaría con todas sus fuerzas, con la misma pasión de esos y todos los versos.

9


“¿Estas segura que yo elegí esa chaqueta?”
“No tendría por qué mentirte”
“Es solo que…te aseguro que si la hubiera elegido yo, la hubiera elegido para mí”
Mar estaba enamorada de la chaqueta que Luna se había puesto.
“Préstamela, voy a probármela”
Luna se quitó la chaqueta y se la pasó elegantemente a Mar. La terrícola metió sus brazos por las mangas, se alisó el frente y volteó a verse en el espejo del cuarto de su hermana, en que ambas mujeres se encontraban. Mar observó su reflejo. La maldita chaqueta lucía menos bonita ahora. Suspiró, era inútil. Luna se había materializado en una maldita modelo, con maldita capacidad para lucir chaquetas baratas como si fueran exclusivas de Prada. ¿Y es que Prada tenía chaquetas?, luego lo averiguaría.
“Y aparentemente también playeras estampadas de zanahorias…”, alcanzó a decir en voz alta.
“No entiendo”
“Ponte la chaqueta y vámonos o llegaré tarde al trabajo”
Luna se puso la chaqueta.
¿Cómo iba a explicarle a su jefe que otra vez llevaba a su prima a la oficina? Luna tendría que esperar en la cafetería, aunque eso también levantaría sospechas tarde o temprano. La empresa no era tan grande como para que una extraña pasara desapercibida mucho tiempo, menos una extraña como aquella que no era precisamente del tipo “fácil de esconder”. Bueno, ya se le ocurriría algo, o podría fingir un desmayo súbito si alguien le hacía alguna pregunta que no pudiera responder. Claro que también estaba ese superpoder de alienígena biónica que hacía que las personas pensaran e hicieran lo que Luna quería. Pero eso le daba desconfianza, no fuera a causar daño neuronal permanente, así que lo dejarían como última opción.
Tomaron el metro y caminaron desde la estación hasta la empresa. Mar dio instrucciones precisas a Luna sobre el área en el que debía mantenerse. Podía estar en la cafetería y también podía ir a los baños del primer nivel. Por cierto, ¿Luna necesitaba usar los baños?, luego se lo preguntaría. Un poco más nerviosa que  desconfiada, Mar dibujó un pequeño mapa en una servilleta, solo para estar segura de que Luna no se perdería por los pasillos y llegaría a los talleres de impresión o a la sala de audiovisuales donde  habían muchos hombres como el empanadero.
“¿Entonces no te veré sino hasta que termines tu trabajo?”, preguntó Luna y Mar pensó que aquello de investigar el lenguaje corporal para la persuasión se le daba muy bien, puesto que la cara de desolación que la galáctica le dibujó, por poco la convence.
“Te veré a la hora de la comida. Eso es a la una de la tarde”
“Faltan entonces cuatro horas”
“No, Luna, faltan cinco”
“Me parece que llevas una hora de retraso”
“¡Mierda! No te muevas de aquí, toma el mapa, tómalo. No lo pierdas”
Y Mar se alejó corriendo por las escaleras hasta el tercer piso, donde estaba su escritorio.
Afortunadamente, nadie se había percatado de su retraso y si lo habían hecho nadie le dio importancia, medio antipáticos los compañeros. Pero la buena suerte no dura para siempre, así que los próximos días no perdería tiempo con chaquetas y mapas. Mar sonrió al monitor, pero como seguramente parecía una tonta sonriéndole a una pantalla que ni siquiera estaba prendida, fingió un acceso de tos y puso en marcha el equipo.
Ya había terminado la página web de la agencia de bienes raíces, le había quedado bastante bien. Mucho mejor que cierta página de turismo que parecía un reload de Candy Crush. Escribió el informe del proceso y envió la liga para la evaluación y visto bueno de sus jefes. No deberían tener demasiados ajustes, pero una nunca sabe con los jefes.
Era casi el mediodía, se preguntó qué estaría haciendo Luna. Pero decidió confiar en ella, ¿qué otra opción tenía? Siempre tenía ese recurso; ¿serviría la telepatía a mayor distancia que de cuarto a cuarto? Tal vez debería intentarlo. Se estiró en su silla, tronó un poco su cuello, que en realidad no tronaba tanto pero la hacían ver como una profesional interesante y levantó sus brazos para destensar los músculos.
Pero lo que consiguió no fue liberar estrés, sino pegar un brinco al sentir que otra mano tomaba la suya. Casi a punto de caerse de su silla, Mar vio a Luna sonriéndole abiertamente.
“¿Qué haces aquí?”
“Necesitaba sentirte”
Mar habló enérgicamente en susurros.
“Shh…¡no digas esas cosas aquí! ellos pueden escucharnos”
Mar aventuró una ojeada a sus compañeros. Como era de esperarse, Luna había llamado su atención. También, supuso, les llamaba la atención que la mujer la tuviera agarrada de la mano con toda naturalidad, sin contar con la declaración de querer sentirla. Soltó su mano de la de Luna.
“No te preocupes por ellos, a ellos no les interesa”
Mar pudo ver cómo sus compañeros volvían a sus actividades, ya sin prestarles atención. Decidió que por el momento, aquello estaba bien.
“¿Eso no tiene efectos secundarios?”
“¿Qué cosa?”
“Ese control mental”, Mar consideró prudente acompañar lo último con un movimiento de manos.
“No. No les hará daño, si es lo que preguntas”
“Vale. Me alegro. Entonces, ¿qué es todo eso de que necesitas sentirme?”
“Lo cierto es que no lo sé. Tuve necesidad de estar cerca de ti, te sentí muy lejos y recuerda que eres mi vínculo”
“De acuerdo, ya me sentiste, aquí estoy, no me he movido ni me moveré, así que puedes regresar a la cafetería”
“No es suficiente”
Y Luna comenzó a acercarse. El cuerpo de Mar no alcanzó a reaccionar. De pronto sintió los labios de la intergaláctica posados en su barbilla. Es que no se acostumbra una a esas cosas tan rápido, Mar sintió que la cara se le ponía muy caliente, excepto en el lugar del beso, ahí se sentía ardiendo.
“Buenas tardes”
Y entonces se puso muy frío, lo suficiente como para pegar un brinco. Sara estaba detrás de ellas. Mar se revolvió en su silla para separarse todo lo posible de Luna, mientras que ésta se sentaba graciosamente sobre el escritorio.
“Hey, hola”, saludó Mar, sin poder ver a la cara a la recién llegada. Un silencio incómodo se cimbró en la oficina, bueno, no del todo silencio, se escuchaba perfectamente el tecleo de sus compañeros de trabajo y uno que otro clic de mouse.
“Buenas tardes”, saludó, Luna.
“¿Qué haces aquí?”, preguntó Mar, poniéndose cada vez más incómoda.
“Tuve un rato libre, pasé a verte. Ayer te llamé varias veces”
“Ah sí, vi tus llamadas perdidas en la mañana, estaba dormida”
“Te dormiste temprano”
“Estaba cansada, estuvimos toda la tarde de compras. No aguantaba los pies.”
“¿Los pies o las ganas?”
“No es lo que piensas, Sara.”
Sara ignoró a Mar, centró su atención en Luna y a ella se dirigió.
“A ti no te molesta lo de las primas segundas, veo que eres muy moderna”
Luna sonrió de medio lado.
“No entiendo bien su analogía, Sara. La modernidad comenzó hacia 1440.”
“¿Estas tomándome el pelo?”
Mar supo que era momento de intervenir.
“Sara, no es lo que piensas, ella… vivió en Asia mucho tiempo, tiene esa costumbre de besar en la barbilla a las personas. Ya le dije que es un poco raro en este lado del mundo… ya estamos trabajando en eso.”
“¿Ahora tú me tomas el pelo…?”
Mar se quedó congelada, Sara le había lanzado esa mirada. Luna habló.
“Si lo que estás insinuando es que me abalancé románticamente a Mar, entonces puedes estar segura de que no es así.”
Mar suspiró de alivio, hasta que Luna continuó.
“Hemos hablado al respecto y Mar dejó en claro que no puedo experimentar con ella mi capacidad de persuasión romántica. Solo quería sentirla cerca.”
Eso no ayudaba mucho, pensó Mar. Pero por alguna razón, Sara pareció quedarse más tranquila. Por cierto, esas dos mujeres harían que la corrieran del trabajo, aquello era una oficina, no una escena de película.
“Sí… bueno, tampoco es como si Luna ejercitara sus capacidades conmigo por gusto. Ella es una especie de… socióloga que está interesada en las relaciones interhumanas amorosas. Sara, ella solo es rara, ¿de acuerdo?”
“Eso salta a primera vista”
“En serio, amigas mías, estoy trabajando, falta media hora para salir a comer, ¿por qué no esperan en la cafetería?” ¿Era buena idea que esperaran juntas en la cafetería? Mar lo había pensado demasiado tarde.
“De acuerdo, te esperamos abajo. ¿Vamos, Luna?”
“Vamos”
Y como sea, Mar no pudo concentrarse de nuevo en su trabajo.
Luna y Sara estaban sentadas una frente a la otra, en una mesa para cuatro.
“¿De dónde saliste?”, preguntó Sara.
“Soy prima de Mar”
“Sí, insisten con eso. Pero, ¿qué haces aquí?”
“Vine de visita”
“¿Pero piensas quedarte?”
“Es correcto. Me quedaré algún tiempo”
“No vayas a lastimarla”
“¿A quién?”
“Mira. No tendría esta conversación contigo, si no me parecieras alguien que guarda muchos secretos”
“Todos guardan secretos. Tú también los guardas y no por eso cuestiono tus razones para estar aquí”
“Estoy aquí por Mar”
“Yo no. Estoy aquí por mí y necesito a Mar”
“¿Estás interesada en ella, la quieres?”
“La necesito y por el momento eso es todo lo que quieres saber”
Y Sara asintió, no sin antes pasarle por los ojos un destello blanco.
Cuando Mar llegó a la cafetería, después de bajar corriendo las escaleras, controlando la agitación de su sistema cardiopulmonar, Sara y Luna continuaban sentadas la una frente a la otra. La cafetería, convertida ahora en comedor de los empleados, estaba llena de gente y las dos mujeres llamaban la atención de todos. Mar se dio cuenta de que no podía decidir cuál de las dos atraía más las miradas. Sara tenía esa aura de seguridad y frescura que la colocaba en un pedestal en cada lugar al que llegaba y Luna, ella seguía pareciendo una estrella a punto de recibir algún galardón. Una pizca de orgullo llenó su pecho, eso o también podría ser el oxígeno que le había hecho falta al emprender la carrera. Las dos estaban ahí por ella. ¡Las dos estaban ahí por ella! y las razones de cada una eran perversas y no las entendía y a lo mejor sería bueno salir corriendo y reportarse enferma para las dos últimas horas de trabajo después de comida. ¡Eso!, si huía podría irse a China. En China de seguro habría más extraterrestres con los que Luna podía socializar si se decidía a buscarla, con lo que se mantendría distraída. Por otro lado, dudaba mucho que Sara se arriesgara a perder a Iván por un viaje súbito a China. O a Malasia. Sí, debería buscarse ya una forma de llegar a cualquier país asiático.
Pero la mesa de las mujeres estaba más cerca que la salida y sin duda más cerca que el aeropuerto. Se encaminó hacia ellas. El plan era hablar del menú, pensó.
“Hola, ¿cómo les va?”, brillante como siempre, Mar se recriminó por su falta de elocuencia.
Sara y Luna levantaron la vista hacia ella. Y como Mar no supo a quién mirar, prefirió poner toda su atención en ocupar un asiento entre ellas.
“Los jefes ya me contestaron. Sólo pidieron cambiar el tamaño del logo de la empresa. Ya lo hice y me liberaron la tarea. ¿No es genial?”
Sara y Luna asintieron. Sara también es un alien, se convenció Mar, pero que no, ella era terrícola, pero entonces no debería tener tanta facilidad para coordinarse gestualmente con la intergaláctica.
“Parece que ahora me darán algo de animación. Lo cual está muy bien, porque así aprenderé algo nuevo. Claro que por el momento solo voy a ilustrar, lo cual también es interesante, sobretodo porque yo voy a inventarme los personajes. Bueno no tanto como inventármelos, más bien voy a recibir unos requerimientos de los clientes y voy a dibujar propuestas, pero eso es definitivamente más interesante que hacer páginas de bienes raíces o de turismo…”
Sara sorbió un trago de su vaso desechable.
“¿Té?”, preguntó Mar, admitiendo que quizás se estaba esforzando demasiado en romper el silencio.
“Sí, tuve un poco de malestar estomacal”, confesó Sara. A Mar aquello la puso más nerviosa.
“Bueno… esto es muy bueno, me alegra que estemos conviviendo las tres. Esto es realmente bueno”, aventuró nuevamente la diseñadora, algo tenía que funcionar.
“Es correcto. Sara es una persona muy interesante”, declaró Luna. Sara sonrió con educación y bebió otro poco de té.
“Sí, ella es una persona muy interesante e importante en mi vida. Es…”, Mar quería decir que era su mejor amiga. Pero esa es una mentira recurrente, recordó antes de completar la frase. “... nos conocemos desde hace mucho tiempo, hemos pasado por muchas cosas juntas, Luna. Me da gusto que puedas conocerla un poco más”, y aquello era sincero, después de todo se había propuesto que Luna vería a Sara como algo más que una ególatra desinteresada en su bienestar.
“También me parece que Luna y yo tenemos algunas cosas en común, así que será interesante conocer a la primita. Pues cuéntenme entonces, ¿tienes novia, Luna?”
Si Mar hubiera estado bebiendo algo lo habría expulsado o se hubiera ahogado, dándole más dramatismo a la escena, claro que no era como si aquello necesitara más tensión. ¿Así que Sara daba por sentado que Luna era un ser homosexual? (aquella expresión le gustaba, sin duda. Bis.) Eso significaba que de ninguna manera las desvincularía románticamente. Cualquier esfuerzo sería en vano, Mar conocía a Sara tanto como para saber aquello. Suspiró. Entonces no tenía otra opción que demostrarle a Sara que entre ella y Luna no pasaba nada, ¿por qué tenía que demostrárselo? Porque por muy imposible que fuera todo, ella la amaba. Suspiro. Y no había vuelta atrás.
Mar se dio cuenta de que mientras debrayaba, sus dos interlocutoras habían continuado la conversación.
“¿Y entonces, Mar te va a ayudar a buscar novia?”, preguntó Sara, visiblemente más relajada.
¿Qué le había dicho, Luna?
“Es correcto.”
“Déjame decirte, Luna, que has elegido sabiamente. Mar es una experta en cacería de novias”
“Estoy de acuerdo. Mar es la indicada”
Ambas la estaban viendo al mismo tiempo. Y Mar seguía sin enterarse de qué era lo que pasaba. ¿Era alguna táctica de Luna? ¡Le había aplicado control mental! No, no. Si fuera control mental entonces ella no sabría que estaba bajo el efecto. Descartado.            “Es que es muy linda”, dijo Sara.
“Lo es. Es atractiva para la raza humana”, afirmó Luna.
“Además va repartiendo amabilidad por el mundo. Mezclas eso y le agregas que es artista…”, continuó Sara.
“Y según algunos datos, las personas se sienten atraída por la seguridad. Mar es insegura en muchos aspectos de su vida, pero en el momento de implementar sus habilidades de persuasión romántica demuestra mucha seguridad”, puntualizó Luna, objetivamente.
“Exactamente, Luna. Mar es persuasiva”
Y Sara y Luna se sonrieron mutuamente y Mar no tenía idea de lo que acababa de pasar.
Sara se retiró en el límite de su hora de comida y Luna aseguró muchas veces que no volvería a subir a su escritorio. Mar regresó a su trabajo, pero entre la intriga de la conversación entre su amiga y la lunática, y la ausencia de los requerimientos para las ilustraciones, hizo nada. Optó entonces por realizar una búsqueda por internet. No había rastro de Iris en amigosinterplanetarios.net. Tampoco había otra entrada interesante. Pensó en que quizá si había más personas quienes, como ella, habían logrado entrar en contacto directo, no eran el tipo de personas que abrían blogs para contar sus experiencias. Mal hecho, pensó Mar, pero no se sintió tentada a abrir uno ella misma, aquello era muy personal. “Admitir que alguien te conoce tanto y que además es un alien, resultaría difícil de explicar”
Su celular vibró junto a su computadora de escritorio. Era un texto de Sara. Quería ser partícipe de la primera cacería de Luna. Mar le contestó que no tenían nada planeado aún. A los dos minutos, sin exagerar con la rapidez, Sara tenía un plan elaborado. Mar suspiró. No había escapatoria. Las tres se verían en el centro de la ciudad y luego tomarían algo en un establecimiento conocido por su tolerancia a los arrumacos, sin importar si eran del mismo o de otro sexo.
Era una mala idea. Pero debía probarle a Sara que entre ella y Luna no había nada y debía conseguirle una novia a la galáctica. Aquello era inevitable y entonces pensó con la voz de su abuelita, la misma de la colina, “al mal paso, darle prisa”.
           

10


“¿Cómo te gustan las mujeres, Luna?”
Sara era la más entusiasmada, pensó Mar. Luna estaba en modo contemplativo, como el día anterior mientras caminaban de regreso a casa y ella misma no se sentía totalmente cómoda en aquella situación.
“Mis expectativas, después de una delimitación previa con Mar, incluyen el género femenino, por supuesto, juventud y una personalidad interesante”
“¿Rubias, morenas, pelirrojas? Estoy segura que te verías muy bien con cualquier tipo”
“Físicamente no tengo ningún requerimiento”
“Mujer profunda. Eso está bien, la superficialidad no trae nada bueno, aunque también debes admitir que el primer filtro lo aplican los ojos, la nariz, y si tienes suerte, la boca…”
“No entiendo”
“Lo que Sara quiere decir…”, intervino Mar, “… es que no solo se trata de que atraigas a alguien, sino que esa alguien te atraiga también y eso puede pasar porque consideres su fisionomía bonita, bajo los estándares de belleza con los que te sientas más cómoda, que te guste su aroma…”
“Que sepa bien… de acuerdo al uso de la boca propuesto por Sara”, completó Luna.
Sara soltó la carcajada. Mar se quería dar de topes en la mesa. Continuó.
“Esa es una especie de segunda etapa. Por lo pronto concéntrate en algo que te guste”. Mar pensó en voz alta para Luna. “Sé que eso de la belleza es un rollo muy difícil de aclarar, solo haz lo que te parezca conveniente. Puedes usar mis tendencias si te parece adecuado.”
“Es precisamente lo que me había propuesto”, contestó Luna en su mente.
Mar y Luna habían acordado, mientras se dirigían a la cita con Sara, que mantendrían contacto cerebral para evitar, en la medida de lo posible, levantar sospechas (más) en Sara.
“Aquella de allá. Es justo tu tipo”, dijo Sara refiriéndose a Mar. Mar y Luna siguieron la mirada de Sara.
“Claro que no. Parece una rockera a la que se le extravió el festival. Es Martes, son las 6 de la tarde, nadie se viste así”
“Me disculpo por disentir, pero Sara tiene una apreciación correcta. Esa mujer joven es realmente alguien a quien te dirigirías con intensiones románticas o de cópula”
Sara soltó la carcajada. Mar quería meter la cabeza en su bolso y teletransportarse a la seguridad de su cama.
“En verdad es maravilloso que dos personas puedan asegurar cosas sobre mi conducta con tal asertividad, pero no estamos aquí para discutir mis gustos, sino los de Luna”
“Tú también estás soltera”, puntualizó Sara.
“Pero esto va sobre Luna, no sobre mí. Punto. ¿Te gusta la rockera?”
“El tamaños de sus glúteos y senos encajan con mi preselección basándome en…”
¡Shhh! Chitó Mar mentalmente.
“Es decir, me parece una mujer atractiva, sí”
“Entonces ve y habla con ella”
“¿Debería ofrecerle mi número telefónico? Aunque más bien sería el tuyo…”
“No”, intervino Mar. “Osea, sí, pero primero conversa un poco con ella. Hablen de música, trae Led Zeppelin en la playera. Si no tiene idea del grupo y lleva una playera solo porque es bonita, le sonríes y regresas, esas no son personas interesantes”
“Gua. Tienes en verdad todo un sistema de filtros”, reconoció Sara.
Mar se encogió de hombros. Luna asintió y se dirigió hacia la desconocida.
“¿Y si ni siquiera es gay?”, preguntó Sara.
“Lo es. Tiene esa vibra rara”, y Mar volvió a agitar las manos alrededor de ella misma.   
“Si la reina sáfica lo dice, entonces es cierto”
“No soy una reina sáfica”
“Pues podrías serlo, definitivamente”
Mar se convenció de que Sara se estaba metiendo mucho en el papel de observadora. Eso o le estaba coqueteando, pero que no, que eso no era posible.
Las cervezas se calentaban mientras lanzaba miradas discretas por encima de su hombro para ver cómo procedía Luna. Aquello parecía ir bien, la chica rockera sonreía encantada con lo que fuera que Luna le decía. No era como que esperara un fracaso, Luna era bella, eso de entrada era una ventaja.
“¿Segura que estás dispuesta a compartir a la prima?”, soltó Sara. A Mar le pareció que se  había esforzado mucho en contener la pregunta. Sara arqueaba de cierta manera las cejas cuando intentaba disimular.
“Lo que la prima quiera”, dijo listilla, mientras levantaba su botella a la mitad para brindar con Sara.
“¿Y si tú eres lo que la prima quiere?”
“Sara, no sigas con eso. Entre Luna y yo no pasa nada”
“No fue eso lo que vi en tu oficina”
“Ya te dije que es rara, además, mírala, no se ve muy interesada en mí y sobretodo, mírame. Yo no estoy allá impidiendo que pruebe sus cinco sentidos. Estoy sentada contigo, intentando convencerte de que no me interesa”. Y… aquello quizá había sido más de lo necesario. Mar pudo ver cómo Sara regresaba a su botella, intentando pegar la etiqueta que la humedad desprendía.
“Sara, ¿de qué hablaron tú y Luna?”
“De nada en particular. De hecho creo que no hablamos hasta que llegaste a la mesa”
“Y entonces… ¿de qué hablaron?”
“Estabas ahí”
“Me distraje”
“Típico de ti, cariño”
Se sonrieron mutuamente y la atmósfera de la mesa volvió a tonarse ligera.
“Pues, me contó de su examor”
¿Examor? eso era nuevo, pensó Mar. Sara continuó.
“Me contó que había estado muy unida a otra persona, pero aquello no iba a resultar porque existía entre ellas mucha dependencia, o algo así entendí. Entonces ella decidió marcharse y entonces vino a vivir a casa de tus papás y resultó que eras una prima con muchos dones que podrían llevarla a conocer más personas”
“Ah… vaya”
“Y supongo que lo creí, ¿tú tienes otra versión?, pareces sorprendida”
“No. Eso es lo que pasó”
“Sabes que no me trago eso del todo, aunque haya algo de cierto.”
“¿Por qué te cuesta tanto creerlo?”, Mar tenía la sospecha de que Luna habría lanzado una tanda de control mental sobre Sara,  pero no era así, aparentemente había mentido e inventado una historia. “Los aliens mienten” pensó y un escalofrío le recorrió la espalda.
Sara parecía estar sopesando la respuesta. Mar aprovechó para pedir otro par de cervezas y encender un cigarrillo.
“No es que  no les crea, ¿sabes?, yo solo no puedo asimilar que ella te necesite tanto, aparentemente y mucho menos que tú estés tan dispuesta a estar con ella. Vive en tu casa, la llevas de compras, a tu trabajo, de repente Luna está en todos lados y me parece que eso va a durar un tiempo y me asusta. Si solo te acostaras con ella o si la dejaras en casa, no sentiría que invade un espacio que es mío”
Un poco de ceniza cayó sobre el pantalón de Mar sin que se diera cuenta.
“Hablaste mucho”
“Hablé mucho”
Dijeron Sara y Mar al mismo tiempo.
Entonces Sara tenía miedo y celos, combinados, se convenció Mar. Sara era tan egocéntrica como para preocuparse por eso, por supuesto, pero por otro lado no era de las personas que reconocieran algo como aquello con tanta facilidad. ¿Luna en verdad era tan amenazante?
“Al final, la cabaretera de la obra regresa con su compañera, ¿no?”, aventuró Mar. “No tienes de qué preocuparte, eres mi mejor amiga y nada va a cambiar eso. Sé que las personas siempre dicen cosas así, en la televisión o en el cine o en alguna graduación y no lo cumplen, pero te lo digo en serio. Si tú supieras cuánto me importas, ni siquiera tendríamos esta conversación”
Mar quería lanzarse sobre la mesa y abrazar a Sara y besarla y luego llevarla a un lugar oscuro, que no, que solo abrazarla, pero ni aquello era posible, sobretodo porque Sara ahora parecía avergonzada y ya antes había visto esa misma cara, justo después de aquella noche en su casa. Se sintió herida. La euforia dio paso a un montón de pensamientos que incluían la reclusión a un convento. Decidió cortar el nuevo silencio.
“Tienes razón, yo también soy soltera, debería buscar algo para mí”
“Deberías, definitivamente.”
“¿Te molesta si te dejo sola?”           
“Claro que no, ve a hacer tu show de reina sáfica”
Y Sara se puso fresca. Y Mar no tuvo otra opción más que obligarse a ponerse de pie e ir hasta la barra, para fingir buscar una presa.
“¿Estás bien?”
La voz en su cabeza le provocó un respingo. Era Luna, ¿quién más?, claro.
“¿Escuchaste todo?”
“Tú me permitiste entrar en tu mente”
“Entiendo… dejé abierto el canal o algo así. Bien, sí, estoy bien. Pero, ¿podríamos ir a casa?”
Mar no recibió respuesta. Estuvo tentada a darse golpecitos en la cabeza, como para arreglar la psicotelecomunicación, o algo así, pero aquello se vería muy raro. “Luna. Luna. Luna, ¿estás ahí?”. La respuesta no vino de manera mental, Luna le hablo directamente, estaba junto a ella.
“Yo soy tu Luna. Vamos a casa.”
Mar se sintió agradecida. Tomó a Luna de la mano y se dirigieron a la mesa.
“¿Qué pasó con la rockera?”, preguntó Mar de camino.
“En realidad tenía conocimientos interesantes sobre la constitución del cuerpo femenino. Había consultado al respecto, pero escuchar hablar del fisting por alguien que afirma haberlo experimentado, fue excepcional”
“Bien… tenemos que trabajar en los temas de conversación”
Llegaron a la mesa. La cuenta estaba pagada y todas las sillas vacías. Sara se había retirado y por mucho que le sorprendió pensarlo, Mar se sentía aliviada.




10

En aquella novela las olas se movían marcando el ritmo de la vida. Era envolvente. El estilo de la narración de repente abrumaba tanto que podías llegar a sentirte como movida también por un vals y si te descuidabas emocionalmente, podrías verte convertida en una náufraga o un trozo de coral perdido o un pez globo desinflado, flotando a la deriva. Más o menos así se sentía Mar esa noche. No podía dormir. Hacía tres días que ella y Sara habían llevado a Luna a su primera cacería de oportunidades de experimentación romántica. No habían vuelvo a hablar. Ni si quiera un mensaje. Se sentía peor que como aquella vez en la que habían discutido por alguna estúpida razón que ni recordaba con claridad. Esa vez no se hablaron dos días y fue un martirio. Pero esta vez se sentía peor, porque ni siquiera estaba segura del por qué se había cortado la comunicación. Quizá había hablado de más; claro, eso era. Por lo que a ella concernía, le había medio declarado (otra vez) su amor en esa mesa de bar. Pero no, tampoco había sido tanto. ¿O sí? Tal vez no había sido explícita, pero es que a veces no podía controlar su impetuosidad, a lo mejor había dicho eso de “lo importante que eres para mí” con demasiado fuego en la mirada. El pensamiento la avergonzó, primero porque pudo ser cierto y luego porque en una de sus recreaciones mentales del momento se imaginaba vestida como un Romeo ofreciéndole la luna a su amada, con tal de demostrarle su amor. No había sido para tanto. De seguro estaba exagerando.
“Como un Romeo ofreciendo la luna”. Luna era la culpable de todo aquello, con su necesidad de desnudar el mundo de las emociones humanas poco a poco estaba influyendo en ella para destapar sus propias emociones. No es que estuvieran tan, tan, tan ocultas. Pero era culpa de Luna que en ese momento pensara ser un pez globo desinflado. Salió de entre sus sábanas. Tenía que ir al baño. En la madrugada tendía a ponerse ansiosa. No era demasiado insomne, pero si algo la atormentaba lo primero en escaparse era la capacidad de sentir el sosiego de una reconfortante noche de sueño. De camino al cuarto de baño, se preguntó qué estaría haciendo la alienígena. Luna no necesitaba dormir, se lo había dicho la primera noche, entonces ¿qué estaría haciendo detrás de la puerta de la habitación de su hermana?
Sintiéndose como si tuviera seis años, Mar se olvidó de la urgencia de su vejiga y pego la oreja contra la puerta de la habitación en la que estaba Luna. Nada. Bueno no es como si esperara que Luna estuviera realizando algún ritual intergaláctico ruidoso, o bueno, sí, la verdad sí se imaginaba algo por el estilo, siempre se había preguntado dónde y cuándo Luna consultaba esas famosas bases de datos que tanto mencionaba. Tenía que ser en momentos como ese en el que supuestamente estaba sola. ¿Y entonces qué? ¿Aparecían controles con muchas luces y consolas con pantallas para ver una enorme enciclopedia de la humanidad? Debía, en verdad, debía dejar de ver tanta televisión.
Giró la perilla de la puerta lo más silenciosamente posible. Entreabrió la hoja y se asomó dentro de la habitación. Todo estaba oscuro, pero justo cuando comenzaba a cerrar de nuevo para regresar a atender sus necesidades fisiológicas, surgió un destello blanco en mitad de la habitación. Era como una bola de luz blanca, parecida a la que arroja un faro de coche, de esas realmente espectrales. La esfera luminosa flotaba y poco a poco se fue aplanando hasta convertirse en una especie de disco horizontal. Mar notó que la esfera perdía un poco de su brillo y adquiría varios colores y pudo ver entonces que mientras cambiaba de forma, se desintegraba, con todo y su luz. El disco se estaba formando por partículas de polvo, pensó Mar, recordando su más básica formación científica. A Mar se le figuró que se parecía a una de esas fotos de galaxias que había visto en algún momento. Había una pequeña galaxia en medio de la habitación de su hermana y era hermosa.
Mar se acercó al disco. Extendió su mano para tocar el polvo maravilloso, pero sólo encontró el vacío. El polvo luminoso la atravesaba, después de todo estaban hechos de luz. No se atrevió a intentar tocar el centro en el que parecía mantenerse el núcleo de la esfera, brillando con una luz blanca-amarillenta, mucho menos brillante que la del inicio, pero no por eso poco brillante. Era como una pequeña… ¡Luna! ¿Dónde estaba Luna? Mar dejó de poner atención a la cosa que flotaba en el cuarto y se esforzó para buscar a Luna ayudada por la luz de las partículas que apenas iluminaban una aureola cercana. Mar sintió que su corazón se aceleraba mucho cuando encontró a Luna del otro lado del disco. Estaba sentada en el suelo, con la espalda recargada en la cama de su hermana. Su cuerpo estaba inerte, mantenía los ojos abiertos y aún con la poca luz, Mar pudo ver que estaban completamente negros. Supuso que su piel estaba blanca y lechosa.
Mar estuvo a punto de correr hasta Luna atravesando el disco, pero algo en su interior se lo impidió. Haciendo uso de una paciencia que no sentía, nunca, puesto que nunca tenía demasiada paciencia, se pegó todo lo que pudo a la pared y se dirigió hasta la interplanetaria por el perímetro.
Seguramente estaba ocurriendo alguna cosa alienígena que no alcanzaba a comprender, solo por eso no agarraba y sacaba a Luna de ahí para llevarla a un médico o algo. Bueno, tenía que ser honesta, su primer impulso fue trincarse a sacudir a Luna porque de ninguna manera podía estar muerta, ¿o sí? No. Luna no estaba muerta, pareciera lo que pareciera, respirara o no. Mar tuvo que luchar con todas sus fuerzas para no gritarle que despertara, después de todo, seguramente aquello era planeado y luego cómo explicaba a sus papás la galaxia, los ojos negros… aunque eso no importaba porque lo único que quería era que Luna estuviera bien. Debía pensar claramente.
Luna no es un ser humano, se repetía. Como a la trigésima vez que lo hacía, decidió sentarse junto a lo que debía ser el recipiente de Luna en su forma alien-humanoide. Curiosamente no sintió tanto desdén por esa caracterización. Aventuró su mano hacia una de las manos de la inerte, posó la yema de sus dedos sobre algunos de la alienígena, para notar que… contrario a lo que pensó, estaba calientita. Como cualquier ser humano dormido. Parecía un cadáver caliente. Mar tiritó por el pensamiento. ¿Qué haría? Tendría que salir por donde había entrado, seguro. Pero Luna se veía tan indefensa, tan expuesta, que a lo mejor podía hacerle compañía. Era su vinculada, después de todo.
Además así el insomnio tenía alguna utilidad. Bien, se quedaría un rato solamente. Recargó su espalda contra el colchón, como el cuerpo de Luna, y  por reflejo jaló una sábana de la cama de su hermana y se cubrió con ella. No había frío, pero ya se ha dicho antes que las colchas le daban una sensación de seguridad. Se sintió egoísta. Así que sin pensarlo dos veces (porque si lo hubiera hecho se habría dado cuenta de que era un poco ridículo) extendió la sábana para también cubrir el cuerpo de Luna.
Y ahí estaba en el cuarto de su hermana, con un cuerpo inerte debajo de una sábana, viendo una minigalaxia flotando en medio de la habitación. La vejiga olvidada.
Mar notó que de vez en cuando una partícula parecía moverse más rápido que las demás. Se dijo así misma que eran estrellas fugaces y bien podían serlo. Así que pensó en algunos deseos. Pensó en Sara, la deseó. Un beso o dos o tres, muchos, pero no debía gastar todas las estrellas en besos de Sara. Deseó talento. Deseó salud para su familia. Deseó helado. Deseó que Luna regresara sana y salva, porque después de todo, los seres humanos no comprendemos esas ausencias-presentes de cuerpos inertes y nos preocupamos.
Contando miniestrellas dentro de la habitación de Luna, se quedó dormida.
Mar se despertó cuando el sol le dio de lleno en la cara. Estaba en su cama. ¿Cómo había llegado a su cama? y ¿por qué estaba abierta su ventana? Era sábado, no tenía que despertar temprano. Notó la hora en su alarma; de acuerdo, no era temprano. Encontró la sábana con la que se había cubierto, perfectamente doblada, a un lado de su almohada. Entonces había sido Luna la que la había llevado a su cama. ¡Qué fuerte tenía que ser! Eso considerando que la hubiera llevado cargada, porque también pudo haber ejercido control telepático. Pero no, Mar empezaba a recordar tantito a Luna besándola en la barbilla mientras la depositaba en una superficie suave. Y eso debía ser verdad porque no había razón alguna para andar soñando con Luna y sus besos raros.
Mar decidió levantarse. Quiso detenerse y tocar la puerta del cuarto de su hermana, pero entonces su mamá llamó. Si quería desayunar entonces debía darse prisa porque en poco tiempo sería hora de comida. Como Mar no estaba dispuesta a desaprovechar desayunar, comer y cenar en casa después de una semana de comer mal en la cafetería de la no-tan-grande-empresa para la que trabajaba, optó por bajar. A lo mejor y Luna estaba abajo.
Pero no. No la vio en la sala con su mamá. Se asomó por la puerta de la cocina, pero no, no estaba peleándose con el jardín junto a su papá. Su desayuno estaba servido, comenzó a comer. Terminaría y luego sí subiría a llamar a la puerta.
“Mar, ¿sabes a dónde iba a ir Luna?”
La pregunta de su mamá enfrió los hotcakes en su boca.
“¿Luna salió?”
“Sí, desde temprano. Dijo que volvería antes de la puesta de sol. Esa muchacha tiene una forma muy peculiar de hablar…”
“¿Y no dijo para dónde iba?”
“Creí que tú lo sabrías. Como no se separa de ti…”
“No. No me dijo nada”
“Bueno, quizá ya hizo nuevos amigos. Tendremos que esperar a la puesta del sol, para enterarnos. Necesito que después me ayudes  a sacar la ropa de tu hermana que desocupé. Están en el cuarto de Luna, en unas bolsas. Tu papá las llevará a donar”
“Sí, mamá”
“Y lava tus platos”
“Sí, mamá”
¿A dónde se había ido?
Mar no terminó su desayuno, pero lavó los trastes para evitar el contratiempo que significaría no hacerlo y discutir por ello con su mamá. Después fue directo al cuarto de su hermana. ¿Que su madre había dejado la ropa dispuesta en bolsas? ¡Claro! solo que las había metido en ellas sin ningún orden y aquello parecía importante en ese momento. “Antes de la puesta del sol”. Tenía tiempo más que suficiente para sacar toda la ropa y organizarla por color o por nivel de uso o por talla (su hermana no era muy estable con el control de su peso).  Por color, pensó, siempre creativa. Y aquella actividad la sumergió en una espera con menos tensión.
El ruido de alguien llegando por la puerta principal de la casa la sacó de su ensimismamiento de ordenación. Casi tira un montón de color naranja al salir rápidamente del cuarto y asomarse por lo alto de la escalera. Pero no era Luna, era Sara. “Ahí vamos otra vez con Iván”, después de todo, ningún malentendido era más fuerte que la necesidad de desahogar los males de amor. Tuvo la intención de ir hasta la recién llegada y recibirla, pero su mamá se había adelantado y ya la enviaba al segundo piso para que se encontraran. Mar esperó. Sara apareció unos segundos después.
“Hola”, saludó Mar.
Sara no respondió verbalmente, pero su cuerpo se abalanzó hacia el de su amiga en un abrazo ansioso, fuerte, largo. Mar se sintió perturbada con el perfume de Sara y con la cercanía y se dejó hacer. El contacto terminó hasta que Sara quiso.
“Me da gusto que te de gusto verme”, aventuró Mar. “¿Qué es lo que pasa?”
“¿De qué?”
“¿Estás bien?”
“Ya veo. Tú crees que estoy mal y por eso vine a buscarte”
“Sí… ¿no es así?”
Sara sonrió de medio lado. Mar sintió que se derretía con esa sonrisa.
“¿Estás ocupada?”, preguntó Sara.
“Arreglo ropa para donación”
“Te ayudo y hablamos”
Pero no fue fácil empezar a hablar. Lo que fuera que Sara quisiera decir, era una de esas cosas que cuestan empezar. Ni siquiera la veía de frente, Sara parecía más interesada en la perfección del doblado de la ropa, que en la vida misma.
“Discúlpame por haberme ido así”, Sara soltó aquello sin previo aviso.
“Oye… por  lo menos dejaste la cuenta cubierta”, Mar habló de buen humor.
“Tuve que irme”
“¿Iván?”
“Así es… ¿qué otra cosa sería?”
“Eso te pasa por decirle que llevábamos a mi prima de cacería”
“¿Estás aconsejándome mentirle a mi novio?”
Mar optó por no contestar.
“Como sea”, continuó Sara, “no estuvo bien irme así”
“No pasa nada. Estaba con Luna y era temprano”
“¿Se quedaron mucho tiempo más? ¿Lograron conseguir algo?”
“Luna consiguió el número de una mujer rara y yo un regaño de mi mamá por llevar a mi prima a beber entre semana”
“¿Llegaron borrachas?”
“No. Pero a mi mamá le gustó creer esa historia. Creo que solo quería sacar su frustración cuando a Luna se le salió decirle el nombre del lugar al que fuimos”
Sara sonrió.
“Le hubieras dicho que yo también estuve ahí”
“Se lo dije, pero creo que no lo creyó del todo”
Mar sentía dos tipos de alivio. El primero por tener a Sara junto a ella, comportándose como si nada hubiera pasado. El segundo porque entonces o no había medio-declarado su amor o ya estaba olvidado. No quiso hablar de los tres días de ausencia, porque entonces el “tuve que irme” de Sara, provocado por algún asunto con su novio, no tenía sentido. Sobre todo porque habían muchos asuntos sobre Iván que no ameritaban incomunicación.
“¿Y Luna?”
“No tengo idea”
Mar notó que Sara contuvo una sonrisa.
“¿Salió con alguien?”
“En serio, no tengo idea. Cuando me desperté, ella ya no estaba”
“¿Estás preocupada? Tienes cara de que lo estás”
“Luna no conoce bien la ciudad y ya sabes que a veces es un poco rara con la gente y además… pues… se supone que no puede estar demasiado lejos de mí”
“¿Cómo?”
Mar se dio cuenta de que eso último iba a ser difícil de explicar.
“Por lo mismo… no conoce bien la ciudad”
“Ya veo. ¿Quieres ir al cine?”
“¿Hay algo bueno?”
“Está esa película donde sale esa rubia que querías ver…”
Mar sabía perfectamente sobre qué película y qué rubia hablaban.
“Mejor invítame un café dulce, con mucha crema”. Pensó Mar, seducida por la idea de cafeína. Y además tenían que ir hasta el centro, donde podía ver si cierta alienígena aparecía.          
“Anda, vamos”
Terminaron de meter la ropa, la última parte ordenada de manera menos minuciosa, y se fueron.
Sara había insistido en que comprara el tamaño más grande de café. Mar supuso que de esa manera seguía expiando la culpa por haberlas dejado en el bar. El café frío estaba delicioso pero no la iba a dejar dormir. Y Luna no se veía por ninguna parte. Intentaba que Sara no se diera cuenta de que en cada oportunidad echaba un vistazo a su alrededor para buscar a su prima postiza. ¿Dónde estaba? Eran las cinco de la tarde. El sol se ponía a eso de las 6:30, así que era probable que ya no se la topara. ¿Y si ya había regresado a casa? Envió un mensaje de texto a su mamá. La respuesta, “No ha llegado” parpadeó en la pantalla. Quizá después de todo debió haber aceptado ir al cine, probablemente así estaría con la cabeza distraída o quizá no, pero entonces no estaría batallando también para prestar atención a la conversación de Sara.
“Quizá tuvo una cita”
“Eso es lo más probable, pero me desconcierta que durante tanto tiempo y sin haberme dicho nada antes…”. Mar se dio cuenta que Sara le había sacado sus pensamientos suavemente.
“Sabía que estabas pensando en ella”
“Estoy preocupada”
“Lo sé, lo que no sé es por qué. Ya está grandecita, seguro que se sabe cuidar sola”
Y claro que Luna seguramente era capaz de cuidarse sola en éste y todos los mundos y tiempos, porque era un ser avanzado y todo eso, pero ¿y el vínculo? ¿No por eso de sentirla cerca se la pasaba besuqueándola a la menor oportunidad? ¿Los sábados no funcionaba el vínculo? O a lo mejor, no la necesitaba tanto como pensaba.
“Afortunadamente, me gusta estar contigo aunque estés con la cabeza en otro lado”, dijo Sara, medio suspirando.
“Me siento responsable por ella”
“Eso está bien, pero no te he visto a solas en días y creo que eso no pasaba desde el colegio. En lo particular y discúlpame por esto, pero creo que Luna hizo bien en dejarte tranquila un rato… en dejarnos tranquilas”
“Hablas de ella como si fuera una molestia para ti. Sé que es difícil de entender, pero ella no ha sido grosera contigo. Me acosa a mí, ¿a ti qué?”
Mar se había molestado. Es que Sara volvía a tomarse atribuciones que no venían al caso, sobre todo desde su posición, sobre todo con ella que nunca le había pedido nada.
“Tienes razón, no es mi asunto lo que sea que tengas con ella”
“Escúchame, no quise decir eso… estoy preocupada, eso es todo”
Regresaron a casa de Mar en silencio. Ya había oscurecido, pero Mar evitó acelerar el paso.  La noche era calurosa y despejada, se podían ver unas cuantas estrellas y la luna se dibujaba en cuarto menguante. Era una bonita noche.
Estaban a pocos metros de la entrada y Mar alcanzó a ver a Luna debajo de la luz mercurial que alumbraba la acera frente a su puerta. No estaba sola. Otra mujer joven estaba con ella y parecía decirle algo acaloradamente.
Mar se preguntó qué era lo que pasaba. Instintivamente volteó a ver a Sara.
“Ahí está la desaparecida y parece que la cita no le resultó tan bien”, dijo Sara y fue ella quien se apresuró al encuentro de la galáctica y compañía.
Al acercarse, Mar pudo escuchar lo que la otra mujer le decía a Luna.
“…no puedes simplemente decirme que te despides de mí. Yo te necesito y ni siquiera sé bien por qué. Pero tú viniste a mí cuando te llamé y eso significa que nuestro vínculo no está del todo roto”
¿Vínculo? Se preguntó Mar. La mujer desconocida parecía decir aquello con significado. Definitivamente, por muy hermosa que fuera Luna, no habría podido desatar el amor de una conquista de manera tan apasionada, tan rápido.
“Buenas noches”, saludó Mar.
Luna volteó a verla. Estaba pálida, parecía muy cansada, desolada. El cuerpo de Mar reaccionó ante esto mucho antes que su mente y se acercó a abrazar a Luna, como si con eso pudiera hacerla sentir mejor, sin importarle la presencia de la desconocida ni de Sara.
“¿Estás bien?”, dijo al oído de Luna.
Antes de que Luna pudiera contestar algo, si es que tenía intención de hacerlo, la voz de la extraña las separó del contacto.
“¿Es ella?”
Luna asintió con gravedad.
La desconocida hizo un esfuerzo para recomponerse. Pareció tomar aire, obligarse a relajar sus músculos y entonces habló con tranquilidad.
“Buenas noches. Discúlpame por venir hasta la puerta de tu casa. Creo que ella y tú deben aclarar algunas cosas y yo algunas otras”
“Sería bueno, sí”, intervino Sara.
La desconocida regaló a las tres una última mirada.
“De nuevo me disculpo por aparecerme así. Mi nombre es Nora, y seguramente nos veremos pronto. Buenas noches”
“Buenas noches”, se despidió Sara, únicamente y Nora se alejó.
Mar sintió cómo el cuerpo de Luna se volvía pesado junto al de ella y alcanzó a rodearla por la cintura antes de que se cayera al suelo. Sara también se apresuró a rodearla y juntas llevaron a la galáctica dentro de la casa.
Afortunadamente, los padres de Mar parecían no estar. Mar lo agradeció en silencio, luego suplicó a Sara que le ayudara a llevar a Luna a su habitación. No estaba inconsciente, pero parecía a punto.
“¿No deberíamos llevarla al doctor?”
“No. Creo que solo necesita recostarse. ¿O necesitas otra cosa, Luna?”
“No. Ya estoy contigo. Me siento mucho mejor”
Mar y Sara acomodaron a Luna en su cama. Mar vio cómo Luna cerraba los ojos y conociendo que la alienígena no necesitaba dormir, se alarmó más. Necesitaba que Sara se fuera para empezar a entender qué rayos había pasado. Sara entendió la aflicción de Mar, pero no se veía dispuesta a irse, tomó a Mar de la mano y la condujo fuera de la habitación.
“Luna necesita descansar”
No. Luna no necesitaba descansar. Luna necesitaba sentirla cerca y ahí estaba Sara retrasando todo el proceso de vinculación humano-alienígena, pero no había manera de explicárselo a su amiga.
“Sara, creo que será mejor que…”
“Ya sé que quieres que me vaya, pero esto que pasó no se ve nada bien y no quiero dejarte sola”
“Todo está bien, Luna tiene esta condición física… es un poco débil”
“Sé que me vas a decir que no pasa nada, que todo está bien, pero yo sé que pasa algo que no me has dicho y tiene que ver con Luna y esa mujer. Pero también sé que tú tampoco entiendes del todo las cosas, así que voy a dejar que aclares el asunto. Pero tendrás que contármelo y si es grave, tendrás que involucrarme, porque no pienso permitir que de ninguna manera salgas lastimada”
Y Sara había dicho aquello tan segura y tan en serio que Mar solo pudo asentir.
“Te quiero con toda el alma, Mar”, dijo Sara y besó rápidamente los labios de su amiga con una suavidad que Mar creyó tener siempre negada. Sara se fue. Mar escuchó cómo cerraba la puerta de su casa y entonces se dio la vuelta apresuradamente y entró corriendo a la habitación donde estaba Luna.
“Oye, ¿qué pasa? ¿Luna, estás bien?”
“Ven”
Mar se acercó hasta la galáctica. Se sentó sobre la cama en la que Luna estaba recostada.
“Ven”
Volvió a pedir Luna y Mar se recostó junto a ella. Luna se abrazó inmediatamente a su cuerpo. La alienígena despedía un calor reconfortante, pensó Mar.
“Necesito sentirte”
“Eso imaginé”
“Estuve lejos de ti mucho tiempo, mi cuerpo humano comenzaba a fallar. Dependo de ti para funcionar correctamente”
“Lo sé, por eso me pareció muy extraño que te fueras sin decirme nada… no es que necesites darme explicaciones, seguramente tenías asuntos de marcianos que atender, pero bueno, vives diciendo que soy tu vínculo en este mundo y me sigues a todas partes y entonces te vas sin avisar…”
“Tuve que hacerlo. Me llamó con tanta fuerza que tuve que encontrarme con ella. Olvidé lo impetuosos que pueden ser  los seres humanos”
“¿Nora?”
“Es correcto”
“¿Ella fue tu vínculo a este mundo?”

“No. Ella es mi creadora”

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