El raro diseño de la luna
Laura T.D.
1
De las trescientas formas diferentes que conocía
para organizar su currículum, Mar había elegido la que le parecía de más fácil
lectura. Quizá no eran trescientas formas, pensaba, pero le parecían. A veces
tendía a la exageración. Satisfecha, Mar pulsó “imprimir”, cerró las ventanas
del navegador y se dirigió al mostrador del cibercafé en el que había gastado
la mitad de la mañana.
Sin detenerse a ver dos veces al joven detrás de la
máquina registradora, pagó el consumo, tomó sus impresiones y se dirigió a la
entrevista de trabajo a la que su madre le había encargado una y otra vez no
faltar. Después de todo, no puede ser tan malo conseguir un buen empleo en una
sociedad marcada por la crisis, se convencía. Crisis de trabajo, crisis de la
bolsa mundial, crisis de los vendedores en el mercado, crisis ecológicas, de
maestros, transportistas, internet, libertad, trata de personas, que si eso no
es crisis, que definamos crisis. Obligándose a no divagar, Mar se concentró en
que intentar conseguir un empleo no era la peor cosa del mundo.
Mientras caminaba, pensaba que quizá si las nubes
dejaban de prometer lluvia y simplemente llovía, podría tener un buen pretexto
para faltar a la entrevista. Pero no, las nubes negras se mantenían indolentes
sobre la ciudad. El deseo de lluvia la acompañó hasta llegar a la recepción de
una empresa no muy grande. El ánimo se le terminó de ir a los pies cuando vio a
diez o quince personas cargando carpetas que seguramente contenían sus datos y
logros personales (organizados en alguna de las trescientas formas posibles).
Después de dudarlo un momento, tomó asiento entre dos mujeres un poco mayores
que ella. A continuación, sopesó dos opciones: comenzar alguna conversación
trivial y educada o evitar cualquier contacto visual. Optó por tomar uno de los
folletos que descansaban en la mesa de centro de la sala de espera. Eran
folletos amarillos que hablaban de la misión y visión de la no-muy-grande
empresa.
Después de un par de personas, una media hora más
tarde de su llegada, mencionaron su nombre. Mar pensó que si los estaban
despachando en quince minutos, seguramente sería sometida sólo a preguntas de
rutina. La joven de recursos humanos la saludó amablemente y Mar pensó que
aunque no era del todo bonita, su sonrisa tenía cierto atractivo. Claro que
solo lo pensó momentáneamente, por un par de segundos, solamente. Aunque quizá
fuera un poco más, puesto que, cuando logró ahuyentar la reflexión sobre las
más recientes producciones cinematográficas a las que podría invitar a alguien de
sonrisa bonita, la joven RH la miraba fijamente en espera de una respuesta.
“Me gradué hace tres meses”. Aventuró. Respuesta correcta.
La joven RH parecía completar en la computadora alguna especie de hoja de
datos. “¿Casada? ¿Soltera?” “Soltera”. “¿Manejas profesionalmente software de
diseño?” Mar quería responder que habían muchos programas de diseño y que
contestar esa pregunta podría ser más complicado si entraban en detalles del
porcentaje de conocimiento que tenía sobre cada programa de diseño en
específico. “Sí, sí manejo profesionalmente programas de diseño”, respondió.
“¿Cuál es tu mayor virtud y tu mayor defecto?” Detestaba ese tipo de preguntas,
pero esta vez estaba preparada, su madre le había hecho ensayar la respuesta
por lo menos una decena de veces. “Mi perfeccionismo”, mintió, y curiosamente
no se sintió demasiado mal por hacerlo, como creyó que pasaría. “¿Virtud o defecto?”
“Ambas, hay cosas que pueden ser buenas y malas a la vez”. Se sintió osada, pero
la joven RH continuó tecleando como si nada, con lo que Mar se hundió un poco
más en la silla que la sostenía. “¿Pasatiempo favorito?” ¿Por qué un trabajo
tendría que estar interesado en qué hace alguien con su tiempo libre? Su
interés debería enfocarse en lo que hace un posible empleado en el tiempo de
trabajo. “Leer”, dijo sinceramente, controlando el impulso de decir que leía
todo, todo el tiempo y no solo libros sino carteles, horarios de transporte
público, espectaculares, hasta folletos religiosos, podía leer todo el día y
toda la noche, sin hacer ni querer hacer nada más. “¿Por qué estás interesada
en trabajar en nuestra empresa?” Mar titubeó. Pudo haber dicho, como tenía
ensayado, que su mamá recientemente se había jubilado de ahí, que ella quería
convertirse en una profesionista excepcional como lo había sido su progenitora,
pero prefirió hacer uso de una de sus pocas habilidades. “Porque es una empresa
comprometida socialmente con las iniciativas de desarrollo de las artes
gráficas del país”, recordó haber leído en el folleto amarillo que descansaba
en la mesa de centro en la sala de recepción.
La joven de recursos humanos parecía complacida, lo
cual la llenó de cierta satisfacción, no mucha, pero cierta. Imprimió el
formato que había llenado, que resultó ser una ficha. Sin decir palabra, la
firmó, se la entregó a Mar y le dijo que a partir del siguiente lunes empezaba
a trabajar.
¿Eso es todo? Fue lo que Mar alcanzó a preguntarse.
Esbozó una incrédula sonrisa, después de todo a lo mejor la crisis no era tanta
y apretó de vuelta la mano que la joven RH le tendía. “Te pareces mucho a tu
mamá, dile a Matilde que aquí la extrañamos, pero que tenerte con nosotros será
un consuelo”. Mar ahogó un suspiro, debió haberlo visto venir, pero no.
Agradeció a la joven RH, ya sin ganas de pensar en el cine, y volvió a la sala
de recepción donde no pudo dejar de sentir un poco de pena por las otras seis
personas que esperaban turno, ya sin esperanzas. “Ojalá que a ellos no les
importe la crisis”, pensó, mientras dejaba el edificio de la no-tan-grande
empresa.
Tomó el autobús hacia la casa de su abuela, donde
todos se reunirían esa tarde. Pensaba en los distintos tonos que podría usar
para decirles que había conseguido trabajo, pero ninguno la convencía
mentalmente. Demasiado entusiasmo podría sonar falso; poco entusiasmo haría que
su madre le recriminara por malagradecida. Se le daban mal los medios tonos.
Al escuchar el primer trueno, aún dentro del
autobús, pensó que era una mierda total que la naturaleza no se coordinara con
su itinerario. En ese momento, pensó, la lluvia se convertiría en una molestia
porque la parada del transporte estaba retirada de su destino final. Deseó que
no lloviera con la misma fuerza con que deseó que su abuela no viviera en el
punto más alto de una calle empinada, además, no habían muchos árboles, no
traía sombrilla y el tabaco que consumía habitualmente desde hacía un par de
años, la privaba de una buena condición física. En otras palabras, llegar a
casa de su abuela se convertiría en un suplicio. Ya antes se dijo que tendía a
la exageración.
Efectivamente,
cuando llegó a su parada de autobús, la lluvia caía de manera torrencial y por
un momento recordó el rostro amable de la joven de RH, así, sin motivo, quizá
solo impulsada por la necesidad de pensar en otra cosa que no fuera la
inevitable empapada. Sin más remedio, comenzó a caminar, protegiendo su bolso
con su cuerpo todo lo que podía, que no era mucho, pues el agua caía de manera
inclinada, como asegurándose de darle de lleno en la parte delantera de su ser.
Sin embargo, su molestia con la lluvia terminó cuando comenzaron los
relámpagos.
Parecían antinaturales la fuerza y frecuencia de los
relámpagos, que luego daban paso a truenos que estremecían las entrañas de la
tierra. Con cada metro de avance, Mar reafirmaba su valentía, la cual se negaba
a ser alentada, aparentemente, puesto que entre más se repetía “falta poco, no
tengas miedo”, más largo parecía el camino y más temía. Aquella parecía una lluvia de relámpagos, como
si una cámara fotográfica gigante tomara fotos con flash, en modo ráfaga, desde el cielo. “Seguramente saldría bien en
las fotos”, consideraba Mar, siendo fotogénica.
Pero poco le duró el consuelo superficial ya que los
relámpagos y truenos se volvieron más intensos. El aire se sentía electrizado,
erizándole los vellos de sus brazos, incluso poniendo de punta algunas hebras
de la lana de su bolso. Mar tenía el miedo suficiente como para aventurarse a
una carrera en subida. “Uno, dos, tres”, se animaba en el trote, como si alguna
vez hubiera estado familiarizada, más que imaginariamente, con el maratón.
Mar aumentó su velocidad progresivamente con el
“Uno, dos, tres”, pero la casa de su abuela parecía aún estar muy lejos y muy
arriba de la colina pavimentada. Entonces, en plena repetición del “dos” en su
carrera cuesta arriba, un destello del color más blanco y brillante que se pueda imaginar
la cegó, una ola de calor atravesó su cuerpo y entonces todo se desvaneció a
negro.
Mar entonces comenzó a experimentar una especie de
vértigo mental, donde el rostro de la joven de RH, de la cual no recordaba su
nombre si es que alguna vez lo supo, le decía una y otra vez que su madre decía
que tener un trabajo era algo deseable. Que los programas de diseño retumban en
la tierra y que las cámaras fotográficas la adoraban, siempre y cuando posara
frente a uno de los camiones verdes que se impulsaban mediante electricidad.
Mar estaba segura que si se esforzaba lo suficiente, podría encontrar el valor
de preguntarle a la joven de RH si quería salir con ella a un cibercafé, donde
bien podrían comprar un paraguas, ya que después de todo, con el trabajo que
había conseguido tendría dinero suficiente para comprarse los libros que
quisiera.
Entonces sintió de nuevo mucho calor y recordó el
color blanco más brillante jamás imaginado y se
dio cuenta de que podía ver perfectamente la calle empinada de su abuela que
resplandecía, por culpa de esa luz que lo invadía todo. Mar empezó a correr con
ganas, tan rápido que se dio cuenta que no tocaba el piso mientras lo hacía,
estaba como pataleando en el aire, como generando una flotación gracias a la
velocidad que lograba alcanzar por su propia capacidad motora. La sensación la
hizo olvidarse de su destino en la punta de la colina y tomó un camino más
vertical, hacia arriba, caminando entre las nubes que no eran otra cosa que
bancos de luz blanca brillante.
La luz brillante le lastimó los ojos de golpe. Mar
solo alcanzaba a ver formas borrosas y como compuestas por puntos amarillos
como de aceite; sin embargo, no entró en pánico ya que poco a poco todo a su
alrededor fue tomando forma. La luz blanca mostró sus bordes y se dio cuenta de
que se trataba de una lámpara rectangular suspendida de un techo desconocido,
justo encima de su cabeza. Lo siguiente que notó fue que estaba cómoda y no
quería dejar de estarlo, así que volvió a cerrar los ojos. “En verdad ya es
hora de que te despiertes y dejes de asustar a todo el mundo”, le dijeron. La
voz le pareció conocida a Mar, familiar y entonces tuvo ganas de ver el rostro
del que procedía. Volvió a abrir los ojos, esta vez menos lastimosamente y se
percató de que se encontraba en un cuarto de hospital, sin lugar a dudas. Tenía
un suero conectado a una manguera en su mano, escuchaba un pitidito cardiaco y
cuando quiso hablar, una mascarilla en su boca la tomó por sorpresa.
“Te ayudo”. Sara le ayudó a quitarse la mascarilla.
Mar alcanzó a sonreír o por lo menos esa era su intención, pero a Sara le
pareció que la mueca no le sentaba bien a su amiga. “Te ves muy mal”, concedió
objetivamente Sara.
“Agua” solicitó Mar. Era todo lo que necesitaba en
aquel momento en el que resurgió el recuerdo del calor abrazador que la había
golpeado. Sara le acercó hasta su boca un pequeño vaso de plástico verde con
una pajilla a juego, “solo un sorbo, no
quieres vomitarnos encima” advirtió Sara, medio en serio, medio en broma.
Con un aliviador pequeño trago de agua refrescando
el camino de su garganta, Mar se fijó en el rostro de Sara, lucía preocupada,
como si en verdad esperara que en cualquier momento le vomitara encima. “¿Qué
pasó?”, preguntó Mar, aunque casi estaba segura de la respuesta. Sara le contó
entonces una historia inverosímil de una joven tirada en medio de la calle,
golpeada por un relámpago, rescatada por un transeúnte que afortunadamente
resultó ser la mejor amiga de la siniestrada. Le contó que le dio resucitación
cardio-pulmonar que justamente había aprendido esa mañana y cuando pudo
revivirla, gritó con todas sus fuerzas por ayuda, y el grito fue tan
desgarrador y ruidoso que al momento acudió una ambulancia y ahí estaba, sin
moverse del lado de su mejor amiga, porque era la persona más importante del
universo para ella.
Mientras Mar intentaba organizar sus pensamientos
respecto a la historia de Sara, su madre entró al cuarto de hospital, dio un
grito ahogado al verla despierta y se lanzó un poco melodramáticamente a los
brazos de su hija. “La verdad es que una vecina de tu abuela vio desde la
ventana cómo te golpeó un rayo, llamó a una ambulancia, tu mamá no se ha movido
de tu lado desde ayer que te trajeron. Yo llegué hace un rato, mandé a comer algo
a tu mamá y justo entonces te despertaste. Buenos días”
“Lo del RCP fue interesante”, dijo Mar a Sara,
utilizando toda la fuerza de la que era capaz. Su amiga sonrió concediéndole la
victoria momentáneamente. “Deja de molestarla”, intervino su madre, “Tienes un
buen tino, tesoro, justo recién contratada y ya necesitas incapacidad laboral.”
“Eres inverosímil”, declaró su amiga y Mar pensó que
era de lo más agradable contar con alguien que pensara en palabras como
inverosímil. “¿Golpeada por un rayo? A eso le llamo yo querer llamar la
atención”
Las
recriminaciones cariñosas, acompañadas de verdaderas caras de mortificación, confortaron
a Mar quien comenzó a sentir dolor en los músculos de todo su cuerpo. Cuando su
papá entró, seguido del doctor, ya no le cupo duda de que aquello en verdad
había sucedido, un relámpago la había alcanzado y sin conocer aún los detalles,
se sintió aliviada por estar viva.
Sara se aceró para besarla en la frente y prometerle
regresar al día siguiente. Sus papás tomaron asiento en el sofá del cuarto y el
doctor procedió a revisarla. Mar notó que el doctor se demoraba más de la
cuenta en sus manos, así que puso atención en lo que estaba buscando. Notó que
las puntas de sus dedos estaban ligeramente pigmentadas de marrón, pero no notaba
ninguna otra novedad. “Tienes suerte”, dijo el doctor, “no tienes ni quemaduras
graves, ¿tienes dolor?”. “Un poco”, aunque en verdad sentía más dolor que un
poco, no quería continuar dando molestias, aunque después de todo eso de ser
golpeada por un rayo no es como que fuera culpa suya. “En verdad me duele
moderadamente”, corrigió Mar, “de la punta de los pies, a la cabeza”.
“Es normal, recibiste una carga eléctrica muy
fuerte, descansa. Te tendremos en observación tres días y entonces podrás irte
a tu casa sana y salva”
Siempre y cuando también se ahuyente la peor suerte
del mundo, pensó, pero ya no lo dijo, apenas podía hablar. Se sentía cansada,
muy cansada y se preguntó si aquella sensación tenía que ver con el líquido que
el doctor había inyectado a la manguera conectada a su brazo. En cuanto el doctor se fue, sus papás se
acercaron, pero entonces, mientras los ojos se le cerraban, logró ver a una
tercera persona en la habitación. Se trataba de una mujer joven, muy pálida, le
pareció, que la miraba con curiosidad justo por detrás del hombro derecho de su
madre e izquierdo de su padre. Mar no la reconoció, pero después de todo no
pareció importante, porque su ascenso vertical en flotación estaba a punto de
continuar.
La mañana del día del rayo, Mar no solo había
acudido al cibercafé; en ese lugar había perdido media mañana, la otra mitad,
la más temprana, la había pasado caminando por el centro de la ciudad. Le
gustaba el horario entre las 8:30 y 10:30 am porque las personas ya se
encontraban en sus trabajos y el sol aún no amenazaba con perforar la piel de
los transeúntes, aunque claro, aquel día las nubes grises le regalaron un paseo
matutino más agradable que de costumbre.
Bebió un café, medio vaso mediano para ser exactos y
comió un sándwich de ensalada de pollo que compró en una panadería de paso.
Disfrutó mucho su desayuno y de buen humor lo completó con un par de caladas a
un cigarro que no terminó de disfrutar, pues en ese justo momento abrían la
galería independiente que se había propuesto visitar.
Le habían contado, semanas atrás, que ese sitio
estaba lleno de buenas propuestas gráficas urbanas y aunque no esperaba mucho
más que grafitis hechos con un buen pulso, se sorprendió al descubrir que
cierta artista utilizaba combinaciones de colores impresionantes. Mar tomó
algunas notas mentales y pensó que le habría gustado ser ella la que realizara
composiciones semejantes. Anhelaba sinceramente llegar a su casa y comenzar un
nuevo boceto que incluiría influencias coloridas de lo que acababa de observar.
Tanto era su anhelo que justo ahí, en plena galería
independiente, tomó asiento sobre el suelo, en un rincón. Sacó de su bolso el
bloc de dibujo y comenzó a realizar trazos. Se vio dibujando un ojo, uno de
mujer, estaba segura, aunque podría ser el ojo de cualquier cosa y tenía toda
la intención de colorearlo de blanco y utilizar un fondo con alguna combinación
de colores como los que había visto.
Cuando Mar despertó por segunda vez en el hospital,
se levantó pensando en el boceto que había iniciado la mañana del rayo. “Mi bolsa” solicitó a quien fuera que
estuviera cerca y luego se sintió un poco tonta al notar que no había nadie y
la orden había flotado sin destinatario. Se aventuró a sentarse. Sintió que se
mareaba al instante de poner su cabeza
en posición vertical. Cuando se recobró del mareo, poco a poco y con ayuda de
sus adoloridos brazos, cuidando de no jalar la línea de suero adherida a su
muñeca izquierda, bajó los pies al suelo. Muy bien, había logrado sentarse y ahora
solo tenía que alcanzar su bolso que descansaba sobre una repisa frente a ella,
a un par de pasos.
Disponía a ponerse de pie cuando alguien la llamó
por su nombre, deteniéndola. La dueña de la voz descansaba, un poco
incómodamente, le pareció a Mar, en el sillón de la habitación. Mar se asustó
un poco, aquella desconocida la observaba en silencio y parecía encantada de
ser descubierta.
“Hola”, dijo Mar, queriendo más bien preguntar quién
era y por qué estaba ahí.
“Una ola es
una onda que se propaga en la superficie del agua por efecto del viento
o la marea. Hay olas en el mar, tú te llamas Mar y eso me confunde.” Contestó
la extraña, desconcertando a Mar.
“Habría sido raro que me llamaran Mar con olas”,
dijo Mar, queriendo decir, nuevamente, muchas otras cosas.
La joven desconocida pareció complacida con la
respuesta y continuo observando a Mar detenidamente, sin parpadear, notó la
hospitalizada y con éste descubrimiento un escalofrío recorrió su espalda.
Mar entonces recordó que ya había visto a esa joven,
justo al quedarse dormida por el sedante que el doctor le había administrado.
La desconocida había estado junto a sus padres, quizá ellos la conocían, quién
sabe, quizá era una prima segunda que había llegado de improviso; quizá era esa
hija perdida del tío Juan que nunca se había comprobado que existía, lo que
significaría que un drama familiar se estaba gestando o ya había explotado. Sí,
definitivamente podría ser una prima en segundo grado.
Pero, prima o no, era una joven rara, pensaba Mar.
Estaba ahí observándola desde quién sabe cuánto tiempo y toda ella parecía como
fuera de lugar. Su cabello largo, lacio y suelto era muy oscuro, de un negro
que le pareció artificial, su piel era enfermizamente blanca, y pensó que
enfermiza porque con la luz de la habitación del hospital algunas venas azules
y verdes se dibujaban tan claramente que parecían una red pulposa y algo
palpitante. Sus ojos también eran muy negros y creyó, aunque no podía
afirmarlo, que sus pupilas eran más grandes de lo normal y debían fundirse con
el negro de su iris, pues no podía diferenciar una parte de la otra. Su rostro
era simétrico, con el labio inferior ligeramente más grueso y la nariz
espigada. Aunque Mar podría considerarla normal, lo cierto era que en conjunto
era más bien del tipo raro. También su vestimenta era rara, no porque los
pantalones y la playera negros fueran de otro mundo, el efecto lo producían más
bien las botas y guantes negros que completaban el atuendo.
“Quizá es un poco gótica”, pensó Mar, pero aquella
ropa no parecía gótica, el tío Juan debería haber prestado más atención a su
hija desde edad temprana.
“¿Cuánto tiempo llevas viéndome?”, preguntó Mar
La chica pareció considerarlo un momento, uno que le
pareció a Mar largo tratándose de una respuesta que no debería causar tanto
conflicto.
“Te he observado”. Contestó la extraña, muy seria.
Mar se quedó esperando una respuesta más específica,
pero entendió que ésta no llegaría.
El silencio contemplativo que siguió habría sido muy
incómodo si Sara no hubiera elegido ese momento para entrar a la habitación
abruptamente, cargando bolsas de plástico que hacían mucho bullicio al rozar
entre ellas.
“Buenos días, querida”. Saludó Sara luciendo
radiante. Mar nunca había podido explicarse cómo alguien podía parecer tan
llena de energía frente a cualquier situación.
“Hola”
“Antes de intentar levantarte, tienes que desayunar
algo, llevas tres días durmiendo como recién nacido y aunque te ves bella
babeando, necesitas abandonar este lugar o dejarás a tus papás en la ruina”
Sara tomó una de las bolsas y de ella sacó una caja
de jugo y un paquete de frutas. “Come”, le ordenó a Mar. En ese momento, Mar
recordó a la extraña en la habitación, volteó hacia el sillón y la encontró
mirándola fijamente.
“¿Quieres jugo?”, le preguntó Mar. Sara volteó hacia
donde su amiga se dirigía y dio un respingo al notar la presencia de alguien
más en la habitación.
“No te vi. ¿Por qué no te vi? ¿Quieres jugo?”, preguntó
Sara, pasando de la impresión a la relajación total en menos de diez segundos.
“No”, contestó la extraña, sin demorarse demasiado
en observar a Sara.
“Creí que tú eras la rara de tu familia”, susurró
Sara y Mar identificó en su aliento residuos de jugo de naranja y alguna otra
cosa. Después, se dirigió nuevamente a la extraña, “¿Quién eres?”
Mar y Sara esperaban expectantes. La joven sonrió de
medio lado, de manera que a Mar le pareció desconcertante una vez más, hasta un
poco tenebroso y falso; podría atreverse a decir que aquella no era una
sonrisa, sino una especie de mueca de boca entreabierta y dientes demasiado
lechosos.
“Soy su prima segunda”, contestó.
“Mucho gusto”. Sara pareció conforme con la
respuesta y procedió a acolchonar las almohadas de la hospitalizada. Pero Mar
no se tragó del todo aquello, estaba segura de haber pensado que quizás era su
prima pero no podía asegurar que hubiera sido un pensamiento en serio, más bien
era una especie de broma; entonces, o aquello era una gran casualidad o la
joven de alguna manera había logrado ver sus pensamientos y contestar lo que
precisamente necesitaba responder. Mar se sintió mareada, así que perdiendo el
contacto visual incómodo con su no-convincente prima, empezó a beber el jugo
que le habían proporcionado.
Mientras Sara sacudía las almohadas pareció olvidarse
de la presencia de la joven vestida de negro. Sólo se dirigió a Mar; le
preguntó si se sentía bien, si se le había quitado el dolor de cabeza y también
dijo algo sobre prometerle no volver a preocupar a todos con cosas tan
estrambóticas como ser atacada por fenómenos naturales. “Puedes ser
atropellada, una congestión alcohólica, alguna novia celosa que intente
matarte, pero no más rayos” y lo último lo dijo muy cerca de su rostro, pensó
Mar y desde ese ángulo, poco podría negarle.
Con cierta frecuencia, Mar volteaba hacia la supuesta
prima, esperando algún tipo de interacción pero no se le ocurría qué decir.
Pensó que la joven sería menos extraña si por lo menos comiera algo o estornudara,
así podría decirle “¡salud!” e iniciar una nueva conversación.
“¿Salud?”, escapó de la garganta de la extraña y Mar
se convenció completamente de que algo raro pasaba con esa mujer y entró en
pánico particular.
“Disculpa, no escuché que estornudaras”, replicó
Sara solamente, sin percatarse de nada más y comenzó a empacar las pertenencias
de su amiga.
Cuando los padres de Mar llegaron, tampoco notaron
inmediatamente a la extraña y cuando lo hicieron, la trataron de forma familiar,
aunque algo fría, notó Mar y deseó quedarse a solas con la joven para poder
encararla de una buena vez y dejar de sentirse objeto de voyerismo, “quizás sea
una asesina que le ha lavado el cerebro a mis papás”. La extraña volvió a
fijarse en ella absolutamente y como lo había hecho antes, dibujó su
mueca-sonrisa.
Mar sintió miedo y de alguna manera intuyó lo que
vendría a continuación. Sara se despidió de ella prometiendo verla al día
siguiente, exactamente como lo había hecho
el día anterior, casi en automático. Tras ella, sus padres se excusaron,
su papá debía pagar la cuenta del hospital y su madre sintió que debía
acompañarlo para vigilar las cifras y como marionetas, salieron del cuarto.
“Me asustas”, pudo decir Mar, protegiéndose de la
extraña con una de las almohadas. “¿Quieres matarme? ¿Estás loca? ¿Quién eres?
porque esa mierda de que eres mi prima no es cierta”
La joven se puso de pie. Mar quería salir corriendo,
pero sus piernas no obedecieron, se sentían como hechas de gelatina y tuvo que
recargarse en la cama para no caer.
“No es mi trabajo matarte”, respondió la joven,
acercándose.
Mar no podía moverse. Aquello era demasiado.
“No sé qué es una prima, tú lo pensaste y por eso lo
dije”
La joven se acercaba más y la almohada no la
protegería, eso era seguro. Había sobrevivido al rayo y moriría asesinada por
una loca, en pleno hospital.
“Ya te dije que no voy a matarte y tú ya sabes quién
soy, te he visto muchos sueños y vine a verte porque me gustas”
¿De eso se trataba? ¿Era una acosadora? ¿Ella tenía
una acosadora? ¿Era tan interesante como para tener una acosadora? Quizás no
era el momento para reflexionar sobre su inseguridad personal, pero si aquella
joven decía haberla visto antes, ¿ella no la había visto también? La extraña
decía que Mar sabía quién era, pero no era así. ¿O sí?
“Sí”
Mar sintió una mezcla de alivio, seguido de una
nueva oleada de pánico al descubrir que efectivamente la extraña leía sus
pensamientos.
“Puedo hacerlo solo por el momento, si tú me dices
que pare tendré que dejar de hacerlo, debo respetar la voluntad de los seres
humanos”
“¡Para! No quiero que te metas en mi cabeza. ¿Quién
eres?”
Y la joven sonrió y Mar sintió que se desmayaba de
miedo pues nada bueno traería aquella mueca, lo sabía. Entonces, la extraña
recorrió la poca distancia que la separaba de ella y le plantó a Mar un suave
beso en la barbilla. Muy suave, casi un roce.
Mar abrió los ojos al momento, olvidándose del
desmayo, justo cuando la extraña levantaba la cabeza y se encontró directo con
su rostro a pocos centímetros. Mar ahogó un grito al notar que los ojos de la
joven habían perdido el color, eran totalmente blancos y poco a poco, llegó el reconocimiento,
los ojos blancos la habían obsesionado las últimas semanas y de alguna manera
aquello tenía sentido, ya la había conocido en sueños y entonces la respuesta a
la presencia de la extraña era clara: Mar se había vuelto completamente loca.
“Esto no puede estar pasando”, susurró.
“Recuerda”, susurró la extraña de regreso.
Y entonces, Mar recordó.
Los relámpagos cada vez se acercaban más, había
llegado a pensar que la perseguían, pero lógicamente, aquello no podía ser
cierto. Entonces creyó ver a alguien que
aparecía y desaparecía con la luz. En ese momento, aún presa del pánico, pensó
que sería un transeúnte, como ella, atrapada en la más extraña tormenta
eléctrica de todos los tiempos.
“Eras tú”
La extraña mujer, asintió en silencio.
“Elegí ese día para llegar, pero no sabía que los
humanos fueran tan frágiles”
“Lo somos, sí. ¡Por eso no se debe andar aventando
rayos o teletransportándose en ellos o lo que sea que hiciste!” Tenía que estar loca, quizás paranoia o algún
tipo de psicosis o esquizofrenia. No entendía bien la diferencia entre las
enfermedades mentales, pero si estaba aceptando que la mujer extraña había
llegado a su vida a través de una tormenta eléctrica, de seguro algo en su
cerebro se había cocinado. A lo mejor era producto de la descarga, eso debía
ser. Se sintió en el deber de aconsejarle a la joven frente a ella, de ojos
blancos, que se alejara, que podía ser peligrosa, que debía sentir miedo.
“Aléjate de mí”
“No”
“No sé qué quieres ni a qué estás jugando, pero
estoy loca porque creo que caíste del
cielo en un rayo que casi me mata y estoy pensando seriamente en empujarte y atacarte
porque tengo mucho miedo”
“Yo no tengo miedo. Los humanos…”
“…las personas, di ‘las personas’ no me siento
cómoda hablando como si estuviera en un manicomio”
“Las personas suelen tener mucho miedo, tú lo tienes
todo el tiempo, lo he visto, por eso me gustas, quería venir y quiero saber”
“¿Qué quieres saber?”
“Todo”
“¿Quién eres o qué cosa eres?”
“Tu prima, una loca, lo que tú digas”
“¿De dónde vienes?”
Se quedaron en silencio. Los ojos de la joven
volvieron a tornarse negros.
“No recuerdas nada”, dijo la extraña y Mar pensó que
aquello que veía en su rostro era desilusión o algo parecido. “Cuando
recuerdes, llámame y volveré”
“No voy a llamarte”
“Lo harás”
“¿Cómo voy a llamarte?”
“Lo harás”
“¡Deja de joderme, cuál es tu nombre!”
“Mar es el único nombre que conozco”
“Yo me llamo así, no te puedes llamar así”
“Sé que el mar es muy grande y a veces desconocido.
Puedes llamarme como quieras. El mar tiene peces, tortugas, algas, corales. Me
gustan las tortugas, tienen pensamientos extraños sobre arena, olas y el mar”
“Vete de una vez”, Mar se sentía agotada.
“Te veré mañana”. La joven volvió a acercarse a ella
y le dio un beso en la frente. “Ella lo hace diferente”
“¿Quién?”
“Sara. Podrías llamarme Sara”
“No voy a hacerlo. Vete”
La joven se puso de pie sin decir nada más y salió
del cuarto por la puerta, como cualquier otra persona.
Mar sintió que su cuerpo volvía a entrar en calor;
también sintió nauseas. Tenía alucinaciones y no podía abandonar el hospital en
esa condición. Cuando el doctor entró, se hubiera lanzado sobre él a contarle
todo lo que había pasado, pero sus padres lo acompañaban y no quería causarles
un mal momento, aunque tarde o temprano sucedería.
“¿Se fue tu prima?”, dijo su mamá.
Y entonces el mundo no tuvo el menor sentido.
2
Mar estaba convencida de que esos colores no
combinaban. El rosa y el naranja eran demasiado estrambóticos; en lugar de
tratarse de una página web destinada a la promoción turística, parecía el
catálogo de alguna dulcería. Pero aquello se lo habían ordenado y era lo
suficientemente sensata como para evitar enfrentarse a su jefe inmediato,
apenas con dos semanas en la no-tan-grande empresa.
Sería perfecto poder controlar el tiempo, pensaba
Mar; de ser así haría que todos se movieran en un compás de vals. 1, 2, 3,
beber café, 1, 2, 3, saludar al compañero, acelerando el ritmo solo cuando la
escena cotidiana fuera aburrida, ralentizando todo cuando alguna cosa fuera
interesante. Aquella mañana, durante el trayecto en metro rumbo a su trabajo,
se había fijado en un par de cosas. La primera, en una mujer de edad mediana,
que no le pareció tan bella como interesante. Vestía formal, con una falda
ceñida lo suficiente, concedió Mar; a pesar de su ropa, llevaba zapatos
deportivos. Mar se preguntó si trabajaba de recepcionista y lo que usara en los
pies era irrelevante, o si tenía una taquilla en alguna parte en la que
guardaba un par de zapatos más adecuados a su pinta, o si los llevaba dentro de
su bolsa, cosa que no parecía probable puesto que era pequeña.
La segunda cosa que llamó su atención fue la interacción
de un policía y una anciana. La anciana estaba segura de que alguien le había
robado el paraguas; el policía, que llevaba el uniforme pero de seguro no había
entrado en servicio, trataba de convencerla de que no se había subido con un
paraguas al vagón. Habían subido juntos él y doña Clara, a quien el uniformado
parecía conocer y ella no llevaba nada en las manos. Pero la supuesta doña
Clara no estaba segura ni de conocer al policía, se le notaba en la cara, ni de
haber olvidado el paraguas en casa. Mar entendió la especie de nube en la
mirada de la anciana y leyó el reconocimiento mezclado con tristeza, en el
rostro del policía. Quizá era su madre con la mente dañada, o a lo mejor era la
vecina cascarrabias de la colonia, o simplemente prefería engatusar a una
viejita y retirarse sin tener que hacer un trabajo que debía comenzar hasta
media hora después.
Frente a la computadora, con la piel rojiza por el
reflejo del rosa y naranja, Mar se imaginaba a la oficinista sexy bailando con
ella un vals, en zapatos deportivos y también pensó, con menos intensidad valga
decir, en el policía y la anciana bailando. Pensó también que ojalá no lloviera
más tarde, porque de ninguna manera tenía paraguas, ni siquiera olvidado.
El trabajo tenía que estar listo y aprobado antes de
las 4 y era la una de la tarde. Probablemente debería hacer tal cual lo que le
habían pedido, pero aquello era demasiado malo como para dejarlo así.
Probablemente tendría problemas por cambiar el diseño, pero bueno, por lo menos
no estaría en su consciencia que confundieran el Turismo del Estado con una
compañía de alimentos no aptos para diabéticos.
Pasó las siguientes dos horas bajando el tono y
saturación de los colores aprobados, intentando matizarlos lo más posible y
conforme, aunque no convencida, decidió que era buen momento para subir las
fotos y mostrar terminada la “galería digital de maravillas naturales” que le
habían encargado difundir, con todo y su nombre literal y espantoso.
En ese momento todo comenzó.
Para completar el portal, un compañero de trabajo,
el menos repulsivo, por lo menos hasta el momento, le había proporcionado un
disco extraíble repleto de imágenes y videos. Al ver la cantidad de material,
Mar se recriminó un poco por no haber terminado antes, pero como ya no había remedio,
a menos que existiera algún tipo de portal espacio-temporal (se sentía un poco
física cuántica ese día, al parecer), no tuvo más remedio que elegir fotos al
azar.
Casi sin fijarse en las fotografías, ajustaba la
resolución, el tamaño y luego se convertían en entes virtuales. Sin embargo,
fijó su atención en la foto nocturna de alguna playa. Reconoció el lugar. Su
papá hablaba de éste cada vez que tenía oportunidad porque era el lugar de su segunda
y verdadera luna de miel y aunque detestaba pensar en ello, ahí, no en la playa
claro, pero sí en un hotel muy cercano, fue concebida. Pensar en sus padres
teniendo sexo le quitó un poco de nostalgia al recuerdo; sin embargo, éste
regresó cuando pensó que sus padres la consideraban un milagro maravilloso,
como el océano. De acuerdo, sus papás eran cursis, sobre eso no cabía duda,
pero seguro serían felices si podía hacerles algún gráfico basado en aquel
lugar, se los debía, la cuenta del hospital casi los tenía embargados.
Cuatro horas después, con su primer portal
medio-aprobado, pues el rosa les había parecido muy chillante a los
directivos, superado el enojo que esto
representó y con la fotografía impresa en máquinas de la no-muy-grande empresa,
regresaba en metro, esta vez sin policía, mujer de falta ajustada, ancianitas o
paraguas.
Tuvo entonces que buscar otra manera de entretenerse.
Sacó la foto y comenzó a imaginar la cantidad de colores que tendría que
utilizar para igualar el brillo de la luna, que en el momento capturado parecía
un modesto sol. En la imagen, la luz de luna dejaba ver la superficie del agua
y también podía verse el reflejo del astro, muy quedito y borroso, sobre el mar.
Y entonces la vio por el rabillo del ojo. La joven
de piel pálida la observaba firmemente desde un par de asientos a su derecha.
Lo primero que pensó Mar fue que aquello no era justo, después de dejar el
hospital no había vuelto a pensar en ella y de pronto se aparecía trayendo de
nuevo toda la confusión y el miedo.
Las estaciones del metro llegaban a su fin. Las
personas fueron descendiendo y Mar seguía siendo observada. Había perdido su
parada hacía casi media hora, pero sabía que si se movía, la extraña la
seguiría y podría morir en un callejón.
“No vine a asesinarte, no es mi trabajo”
La voz de la extraña la atravesó como un flecha fría
cuando estuvieron solas en el vagón.
“¡Yo no te llamé!”, exclamó Mar, un poco más gritado
que dicho.
A lo mejor esa mujer era producto de su imaginación
y acabada de gritarle a un asiento vacío, pero ahí mismo todo parecía
completamente real. La extraña guardó silencio y continuaron el camino de
regreso. Mar se negó a dejar de ver fijamente la fotografía hasta que llegó nuevamente a su estación. Con paso
firme se bajó y como resignada a lo que pasaría, sacó un cigarro, lo encendió y
esperó a que la extraña le diera alcance.
“Yo no te llamé”, repitió, más suplicado que
recriminador.
“Lo hiciste”
Y Mar quiso volver a contradecirla, pero entonces se
dio cuenta de que sí, efectivamente había pensado, por un segundo o menos, que
el color de la luna de la fotografía era exacto al color de ojos que había
intentado pintar desde hacía varios días, sobre un fondo de colores.
¨Luna”, terminó por confirmar la extraña.
“Espera. Esto en verdad va a sonar loco, pero hasta
donde recuerdo eres una especie de ente que llegó a mi vida a través de un
rayo, puedes cambiar tu cabello y tus ojos y eres capaz de leerme la mente y controlar
a mis papás como si fueran títeres… ahora dices que te llamas Luna”.
“Tú me nombraste así. ¿Qué es un ente?”
“Eso que tú eres”
“Luna”
“Espera”. Debían calmarse, eso debían, pensó Mar,
por lo menos ella sí debía. “Tienes que decirme quién eres, de dónde vienes y
si vas a matarme debe valer la pena”
“¿Estás lista para escuchar?”
“Claro. En un barrio oscuro y solo, no podría ser
más adecuado”. Mar pensó que de todas formas esta vez la extraña no había
rechazado rotundamente la idea de no matarla, ¿no que no era su trabajo?
“¿Estás lista, entonces?”
“Está bien, pero no en mitad de la calle, caminemos
un poco. Más adelante hay un parque, ahí podemos hablar”, bajo una luz
mercurial, un poco más cerca de mis vecinos, pensó Mar, en caso de necesitar
una ruta de escape.
Caminaron en silencio, Mar por delante. Al llegar al
parque fue la primera en tomar asiento en una banca pública y la extraña,
pareciendo fascinada, la imitó.
“Dime quién eres y qué pasa”
La extraña la contempló nuevamente y poco a poco sus
ojos volvieron a tornarse blancos, pero esta vez Mar no sintió crecer el pánico,
solo pensó que efectivamente los ojos de
la extraña brillaban en un tono nada terrenal.
“Te he visto en sueños. A veces nos dan permiso de
hacerlo, así te conocí, aprendí tu lenguaje, pero ya no es suficiente. No solo
quiero ver lo que piensas, quiero hacer lo que tú haces y sentirlo”
Un par de minutos en silencio cayeron después de
ésta declaración.
“Yo en verdad creo que eres un producto de mi
imaginación”
“No lo soy, yo vine de muy lejos y quiero aprender”
“Pero es que yo no te quiero enseñar”
“Debes hacerlo, soy tu Luna”
“Dejar de hablar así, no eres mi Luna, no eres mi
nada. Estás insinuando que no eres de este mundo y yo no puedo creer en eso”
“Sí lo haces”
“¿Por qué lo dices tan segura?”
“Porque te conozco y tú me conoces. Yo soy de este
mundo y de otros, de muchos espacios y tiempos. No tengas miedo. Me conoces
mucho tiempo antes que éste, soy tu Luna porque tú eres la única que podía
darme nombre en este mundo, ese es nuestro vínculo y necesito que me enseñes
todo”
“¿Vienes de un mundo existencialista o algo por el
estilo? Escucha, yo no puedo creer que vengas de donde dices, porque no puedo,
no lo entiendo, y si tú quieres llamarte Luna con todo y el maldito cliché que
eso representa, es tu problema”
“Tú me llamaste así”
“No, yo solo pensé que el color de tus pupilentes es
igual al de la luna de una foto que encontré hace rato y eso no debías saberlo”
“Te he visitado en sueños”
“Sí, ya lo repetiste mucho”
Mar no tenía idea de qué pensar o sentir, aquella
mujer definitivamente no era una persona normal, seguro, no podía creer en lo
que le decía. Había aparecido de pronto, parecía poder meterse en su mente, con
todo y que simplemente no podía ser. “No lo haré, no te quiero cerca de mí”
“No puedo aceptarlo”
“Creí que venías de un mundo superior, más educado”
Mar se puso de pie abruptamente y comenzó a caminar.
Escuchaba los suaves pasos de la extraña siguiéndola de cerca. Quería que
desapareciera, quería que todo volviera a la normalidad y que la alucinación se
perdiera en algún callejón oscuro. Ella no creía en los fantasmas que sus
abuelas contaban, no creía en aliens grises y no creía en chicas con
capacidades telepáticas. Pero los pasos que la seguían eran reales y cuando
volteó, la chica continuaba ahí, tras ella.
“¿Qué quieres aprender?”
“Necesito que me lleves a tu casa, que me dejes
vivir contigo, que me enseñes todo de éste mundo”
“¿Por qué?”
“Porque quiero saber”
“¿Y si no lo hago?” ¿Destruirás mi mundo?, pensó
“Destruiré tu mundo”
Mar sintió que la sangre se le iba del cuerpo, pero
entonces comprendió. “Deja de meterte en mi cabeza”
“Lo haré, no me asomaré a tus sueños nunca más si me
dejas estar contigo. Conozco tus cosas casi tanto como tú, pero no las entiendo
y no las siento. Eso es lo que necesito”
“¿Por qué simplemente no tomas mi cuerpo o algo así?
Como una posesión”
“Tú eres mi vínculo a este mundo, te necesito. Soy
tu Luna”
“No lo eres”
Mar no quería continuar conversando, quería que la
extraña se fuera y la dejara asimilar todo. De alguna manera, en algún momento
pero sobre todo, porque Luna no podía ser otra cosa que un ser extraño, se
había convencido de que aquello era real y no se iba a librar fácilmente. Permanecieron
ahí paradas varios minutos. Sin decirse más. La extraña no se desvanecía y Mar
no despertaba de ningún sueño.
“Vete, yo te llamaré cuando esté lista”
La que se hacía llamar Luna no hizo gesto alguno,
simplemente giró sobre sí y comenzó a caminar en dirección contraria.
Y se fue y Mar no la olvidó. Cuando llegó a su casa
aún la recordaba. Cuando la regañaron por llegar tarde, la recordaba, y volvió
a pensar en ella cuando se fue a dormir viendo la fotografía.
3
Para la mañana del sábado siguiente, Mar tenía 12
respuestas a su pregunta en el foro amigosinterplanetarios.net. Había pasado
tres días de trabajo alternando órdenes con navegación libre en busca de
personas que como ella, habían recibido visitas de seres de ojos blancos.
Sonrió un poco mientras cargaban las páginas, pero lo cierto es que aquello
poco tenía de gracioso. Internet estaba lleno de basura, bromas y gente
completamente loca que pensaba en extraterrestres cabezones y grises o
convertidos en personas famosas, aunque Mar pensaba que algunas celebridades bien
podrían entrar en el perfil intergaláctico.
Buscó en páginas de varios países, en dos o tres
idiomas de más o menos fácil traducción; sin embargo, sólo en
amigosinterplanetarios.net encontró algo interesante. No era una gran historia
de abducción, fotos irrefutables o grandes teorías de conspiración, sino una
imagen de perfil que no mostraba otra cosa que un círculo brillante, parecido a
ciertos ojos. El usuario dueño del perfil se hacía llamar Iris lo cual le
pareció a Mar una especie de invitación, así que mandó un mensaje privado que
decía “¿en verdad has visto alguno?”. Pero no había mensaje de Iris, sino 12
respuestas públicas a su pregunta “¿qué podría enseñarle un humano a alguien de
otro mundo?”. Comer pizza, hasta el momento, era la respuesta que le parecía
más sensata.
“Espero que valga la pena”, le recriminó Sara,
mientras regresaba del baño. Se había quedado la noche anterior. “Me refiero al celular”,
explicitó al notar las cejas levantadas por incomprensión de Mar. “Ayer no lo
dejaste un momento y sigues con eso”
Mar se encogió de hombros pensando que no era asunto
de Sara el tiempo que utilizara el celular, pero no quiso ser grosera. “Estoy
esperando una respuesta”, se limitó a contestar.
“¿De quién?”
Mar sintió el cambio de peso en la cama y dejó de
prestar atención a la pantalla. Sara se había tendido a su lado y la observaba
detenidamente.
“Metiche”
“Solo quiero saber si ella es más interesante que
yo”
El comentario la hizo sonreír, pero solo un poco, lo
permitido, pensó Mar.
“Conocí a alguien a quien en verdad no debería
ignorar pero no estoy tan segura de querer volver a ver”
“Me parece alguien muy de tu tipo”. Y decidiendo
ignorar la mueca de indignación moderada que dibujó Mar por el comentario, Sara
insistió. “¿Quién es?”
“No importa, de todas maneras creo que no quiero
volver a verla, ¿hablaste ya con Iván?”
“No. Lo mejor es hablar con él después, cuando yo no
esté enojada y él haya sudado la borrachera”
“No le va a gustar que te quedaras aquí”
“Es su problema. Tus papás estaban en la casa, no
estuvimos solas y si él piensa que me acuesto contigo, entonces no debería ser
mi novio”
Mar se compadeció un poco de Iván, pero no mucho, él
solía ponerse pesado si se excedía con los tragos y sus celos no eran su
problema, en todo caso eran problema de Sara y ellas solo eran amigas y no se
acostaban y si eso pasó fue solo una vez y nadie hablaba de eso. Asunto
olvidado, se recordó.
Mar y Sara observaban el techo en silencio, pasando
el rato.
“Deberíamos ir al cine uno de estos días, hace mucho
que no vamos juntas”, sugirió Sara, rompiendo el silencio.
“Deberíamos”, dejó Mar en el aire.
“¿Aún no hay noticias de la imperdible?”
“¿De quién?”
“De la que no deberías dejar pasar pero no quieres
volver a ver”
Mar quiso contarle todo, porque la única persona que
quizá no la tomaría por loca sería Sara. Pero prefirió guardar silencio. “No,
¿la llamo o no la llamo?”
“No”, dijo Sara seriamente, tomando una de las manos
de Mar, jugueteando con sus dedos. “Creo que deberías dejar que ella te busque,
para saber si está de verdad interesada. Eso no solo la haría un poco
imperdible, sino completamente inevitable”
Mar pensó por un momento que a veces Sara también
hablaba como si fuera de otro mundo y el pensamiento le dio un escalofrío por
lo que retiró su mano de las de su amiga, sin importarle cómo tomaría Sara el
gesto. Las dos volvieron a quedarse inmóviles sobre la cama.
“¿Y por qué no sabes si quieres verla de nuevo?”
“La verdad es que me asusta un poco”
“No deberías dejar que una mujer te asuste”
“Créeme, ésta sí te asustaría”
“Deberías intentarlo, las cosas que más te asustan
suelen ser las que después valen más la pena”
“¿Eso en verdad pasa?”
“A veces”
El silencio que siguió fue un poco más pesado que el
anterior, algo así como más incómodo, pensó Mar. En verdad quería que Sara se
fuera para poder regresar a su investigación alienígena. Sara debió haber
sentido que ya no era tan bienvenida, así que se puso de pie, recogió sus
cosas, se despidió de Mar con un beso en la mejilla y se fue, tan fresca como
siempre.
Aquella
situación le sirvió a Mar para pensar en una posibilidad que no había explorado
con respecto a la extraña. Podría resultarle útil la habilidad de Luna para
saber qué pasaba en la mente de las personas. Y por personas se refería a Sara,
claro, sobre todo en momentos como el que acababa de pasar, en los que no sabía
dónde estaba parada con su mejor amiga. Sara parecía celosa, pero también
emocionada. Sara podía ser muy tierna la mayor parte del tiempo y al siguiente
una total manipuladora. Sara podía tratarla como una enamorada un día y al otro
besar su frente, como cualquier pariente
amorosa. Y nada se hablaba.
Además el mundo no se cerraba sobre Sara, había
infinidad de mentes que explorar, montones de motivos que descubrir, muchas
historias que averiguar, aquello podría convertirse en una especie de biblioteca
de realidad virtual.
Había pensado en Luna muchas veces, pero no había
aparecido, suponía que esta vez sí tendría que llamarla a consciencia, lo cual
le aliviaba. Por otro lado, si el llamado debía ser de manera tan específica
era probable que no hubiera marcha atrás, lo cual le mortificaba.
El “saber” no le parecía a Mar una razón suficiente
para que Luna quisiera entrar al mundo de los humanos. Porque, para empezar, a
una parte del mundo le faltaba humanidad y algunos humanos no deberían formar
parte del mundo. Mar era capaz de prever que Luna no solo estaría expuesta a
cosas agradables y pintorescas; en el mundo también había mucha basura, muchas
cosas podridas podrían ensuciar la visita de un turista galáctico.
¿Para qué quieres conocer algo que no está dentro de
los más altos estándares de la burguesía del universo? Lanzó al aire, muy
segura de que Luna no venía de algún lugar como la tierra, después de todo, los
argumentos de la extraña incluían afirmaciones sobre su ignorancia de sentimientos
y emociones. Mar pensó que se tenía que pertenecer a un plano muy superior al
humano para que no importaran esas cosas. Por ahí decían que tolo lo que podía
sentirse en el corazón o en el estómago solo eran distractores de la realidad.
A menos que fueran gases o un infarto. Si Luna venía de un mundo donde todo lo
emocional no importaba, ni siquiera existía, debería ser un lugar mucho mejor
que el tercer planeta del sistema solar.
El timbre del celular la sacó de sus pensamientos.
Su mensaje al usuario Iris tenía una respuesta. “¿En verdad has visto alguno?”
“R. Todos los hemos visto, de eso se trata. Los vemos en sueños, hablamos con
ellos, nos estudian y no los recordamos. Pero si logras no olvidar, la
necesidad de ellos crecerá día a día y eso es todo.”
Y eso era todo.
Mar pasó el tiempo pensando en el mensaje. Iris le
daba curiosidad. La imaginaba mujer y muy parecida a Luna. De alguna manera se
había hecho a la idea de que tras el monitor (de Iris, claro) se alojaba una
versión terrícola de su problemática
conocida. Claro que también podía tratarse de un cuarentón lleno de acné.
Si Luna no iba a descansar hasta obtener lo que
quería, entonces dejar pasar el tiempo solo prolongaba inútilmente lo
inevitable. Mar se felicitó a sí misma por tan trascendental pensamiento. Lo
cierto era que prolongar aquello no parecía mala idea; dejar que alguien o más
bien algo entrara a su vida ya parecía arriesgado y peligroso, eso sin contar
con que el día que llegó a su plano físico casi la mata electrocutada, en medio
del camino a casa de su abuela. Era una lunática con tendencia al exceso de
dramatismo.
Su madre le señaló gravemente que no había acomodado
su ropa limpia en los cajones. Mar ya se había convencido de que podría obtener
ventajas con la presencia de Luna en su vida, pero todavía no lograba colocar
en la balanza de pros y contras, todas las consecuencias que la presencia de
una extraña podría traer. Suponía que Luna tendría todo controlado gracias a
sus siniestras capacidades, pero ella no estaría bajo su dominio, así que sin
duda notaría los cambios.
Su madre le recriminó que no había ayudado a poner
la mesa para la comida, que llevaba todo el día moviéndose de su cama al sillón
y tenía la televisión prendida sin hacerle caso. Por fin, Mar había llegado a
la conclusión que no le importaba mucho los cambios, finalmente sentirse
incómoda al principio (solo al principio, suponía) sería mejor que estar
también bajo el control de los ojos brillantes.
Llegado a este punto, Mar pensaba que tendría que
hablar con Luna seriamente respecto a sus ojos; sí iban a hacer aquello, Luna
no podía andar cambiando su color de ojos de pupilas únicas. Tenía que tener
ojos normales.
“¿Quién?”
“¿Quién qué, mamá?”
“¿Quién tiene que tener ojos normales?”
“Nadie, mamá, solo pensé en voz alta”
“Entonces ayúdame a lavar los trastes de la cena”
Ya se le había terminado el día y no había tomado la
decisión. Cuando su teléfono sonó, agradeció la distracción. Era Sara, su voz
sonaba cansada. Suponía que había tenido la pelea con Iván y luego la
reconciliación, pues también sonaba tranquila. Era curioso lo que ya podía
saber de ella con solo escuchar su voz.
Mar quería recordar una canción, pero no podía, la
había tarareado todo el día anterior y ahora simplemente no daba con el tono
inicial. Estaba al teléfono con Sara, sin una resolución sobre Luna y con su
canción favorita del momento, olvidada.
“¿Sigues dándole vueltas al asunto de tu mujer
extraña?”
“¿Por qué lo dices?”
“Sigues dispersa. Cuéntame de una vez sobre ella, al
final vas a terminar haciéndolo y yo te diré que debiste decírmelo antes y
evitarnos una semana de comunicación críptica”
“Está bien. El problema central con esta persona es
que si la dejo entrar en mi vida es probable que todo cambie y nadie se va a
dar realmente cuenta, ni tú te darás cuenta y entonces será una carga que solo
entenderé yo”
“Eso suena algo perverso. ¿Entonces, esta mujer
cambiará todo en tu vida y tienes miedo de que eso sea una gran carga? ¿Es
acaso una especie de portavoz de derechos de la comunidad LGTBI? porque si es
así no le veo nada de malo, por el contrario deberías ir a más marchas y
apoyar, closetera”
“No se trata de eso”. Mar suspiró, contarle la
verdad sin la parte que la haría parecer loca resultaba más difícil de lo que
creyó en un principio.
“¿Entonces de qué se trata?”
“Va a cambiarlo todo, así todo en general”, Mar
dibujó un enorme círculo con la mano derecha que no sostenía el teléfono, luego
se sintió tonta, Sara no podía ver cuánto significaba “todo”.
“Los cambios, ni buenos ni malos, solo cambios.
Además, ya sé qué vas a terminar dejándola entrar, si fuera a ser diferente no
le darías tantas vueltas al asunto, hubieras huido desde el principio.”
Mar volvió a suspirar, aquello era cierto.
“¿Y si las cosas cambian contigo?”, eso lo definiría
todo de una vez, pensó Mar, se había dado cuenta que finalmente terminaría
concediéndole a Sara el peso de ser la razón de sus decisiones, aunque su amiga
lo ignorara.
“¿Qué puede cambiar?”
“No estoy segura”
“¿Te acuerdas de la obra que fuimos a ver en la
explanada de la Universidad hace como tres años?”
“Sí”. Aunque habían visto varias obras, Mar sabía a
cuál se refería Sara.
“Cuando la más joven va en busca del único sobreviviente
del barco, con el pretexto de curarlo, pero en realidad lo que quiere es
cogérselo, la más vieja se pone como loca porque cree que la va a abandonar y
ya llevan mucho tiempo intentando encontrar la fama juntas, luchando contra la
miseria”
“Sí, recuerdo la escena”. Mar siempre pensó que la
otra mujer estaba enamorada.
“Después del ataque de pánico, la mayor se hizo
entrar en razón recordando que antes hubieron otros como el sobreviviente; que
la más joven otras veces se había ido
por un tiempo, tras un hombre o promesas de fortuna, pero al final siempre, siempre regresaba”
“Entonces estás diciendo que aunque las cosas
cambien entre nosotras, solo será un cambio temporal y luego todo volverá a
estar como antes”
“Yo solo estaba recordando la obra”
Mar pudo sentir la sonrisa de Sara del otro lado de
la línea y no estaba segura de qué le hizo sentir aquello. Pero llamaría a
Luna.
“La llamaré”
“Te dejo entonces para que no te arrepientas. Buenas
noches”
Pero Mar dejó pasar casi dos horas antes de prender
la luz de su habitación a mitad de la madrugada. Con el cuarto iluminado se
metió bajo las sábanas, cubriéndose hasta la cabeza completamente (porque de
alguna forma, si habían rayos, aquello seguro la protegería), cerró los ojos y
entonces dijo en voz alta: Luna, mi Luna, ven.
4
El rastreador de IP marcaba un barrio de la ciudad
vecina. El ícono en color rojo resaltaba diferenciándose de las otras decenas
de puntos de conexión. Nora tomó nota mental de la dirección aproximada que
arrojaba el software. También sacó una foto de la pantalla con su celular.
También la anotó en la primera hoja de un bloc post-it de color amarillo. Le
había costado trabajo, pero ya tenía otra pista y aunque no albergaba muchas
esperanzas, quizá esta vez sí lograra su objetivo.
Vivía sola en un cuarto muy pequeño, ubicado en la
azotea de la casa de una pareja de ancianos. Sin embargo, es preciso señalar
que el cuartito era realmente encantador y lo sería más si Nora no tuviera
repleta cada superficie de hojas llenas de garabatos, libros (una cantidad
escandalosa de libros) y muchas plumas de tinta negra. En verdad era
impresionante lo de las plumas. Las compraba en una de esas tiendas de venta al
mayoreo y las dejaba por ahí en montoncitos de 5 o 6, apiladas cuidadosamente,
porque a pesar de la enorme cantidad de cosas en el pequeño cuarto, todo estaba
ordenado y limpio. Nora había llegado de provincia hacía más de 6 años. Hablaba
a su familia constantemente y sentía una adoración especial por su hermano
pequeño. Lo único que poseía de valor
era aquella computadora de última tecnología por la que había pagado mucho dinero.
Se había graduado en algo parecido a estudios sociales, pero incapaz de
trabajar en una oficina, se mantenía y ayudaba a mantener a su familia con
trabajos esporádicos y una que otra publicación. Bueno, estaba siendo modesta.
Llevaba casi dos años de búsqueda; dedicaba por lo
menos un par de horas cada día a esa labor. De ninguna manera se daría por
vencida, nunca se daba por vencida y siempre obtenía lo que quería.
Nora se había enamorado de Samuel y Victoria al
momento de conocerlos. Sus caseros octogenarios eran la encarnación misma de la
ternura. Llevaban juntos desde hacía más de sesenta años y aquello era
impactante. Nora estaba segura de que vivían el uno para el otro y pensaba que
quizá siempre hubiera sido así, que Samuel y Victoria eran de los pocos seres
afortunados que podrían creer en la eternidad del único y verdadero amor.
O quizás solo no tuvieron otra opción que aprender a
convivir, acompañarse y habían terminado sumergiéndose en un mecanismo
simbiótico y codependiente. A veces tal vez le valdría ser menos pesimista.
Cual fuera la razón, Nora le tomó un cariño familiar a sus caseros el cual era
recíproco. Samuel y Victoria veían en Nora a la nieta que tuvieron la dicha de
tener en casa (tenían tres nietas legítimas, casadas, viviendo en diferentes
ciudades) así que se preocupaban por ella, vigilaban que comiera, que tuviera
agua caliente y que no se mantuviera encerrada siete días consecutivos.
Con la dirección bien resguardada, Nora tomó su
chaqueta (aunque ni siquiera hacía frío), salió de su cuarto, bajó las
escaleras exteriores, se despidió a gritos de Samuel y Victoria y se fue
corriendo a la oficina de Mariana.
“¿Viniste corriendo?”
“Sí, los camiones no pasaban”
“Son 40 cuadras”
“No las iba contando”
“Salgo en 20, ¿vienes a cenar a la casa?, Fernando y
los niños se fueron el fin de semana a casa de mis suegros, estoy sola”
“¿Hoy es sábado?”
“Sí”
“Creí que era miércoles”
“No, es sábado. ¿Terminaste lo que me debías
entregar?”
“Te lo mando el Miércoles”
“¿Vienes entonces a cenar?”
“¿Me puedo quedar a dormir?”
“Esa es la idea. Sirve que así te tengo vigilada por
lo menos hoy”
“Voy entonces”
Mariana le sonrió amablemente. Nora pasó los veinte
minutos de espera consultando sus diferentes cuentas en la red. Contestó un par
de correos y aceptó un par de trabajos que le parecieron interesantes, seguro
Mariana no tendría problema con ello y si los tenía ya era demasiado tarde.
“¿No quieres salir por ahí?”, preguntó Nora,
mientras observaba la ciudad por la ventanilla del coche de Mariana.
“Hoy estás de buen humor”
“Algo así, hay posibilidades de encontrar algo que
buscaba”
“De acuerdo, vamos por ahí, pero no vamos a
emborracharnos”
“¿Por qué no?”
“Soy una señora y madre de familia, no puedo andar
por ahí ahogada en un bar”
“Todos están en casa de tus suegros, además Fernando
siempre anda diciendo que deberíamos salir y divertirnos”
“Porque mi esposo es absolutamente hermoso”
“Hermoso, sí”
Sin decir más, Mariana tomo una calle rumbo a la
zona de bares. Nora podía ver las luces y escuchar la música con montones de
ritmos diferentes que se mezclaban hasta formar un verdadero bullicio. Se sentía
atraída por el buen ánimo. Esa noche estaba de buen humor, decididamente.
Mariana sirvió su tercer vaso de vodka con jugo de
arándano. La botella ya estaba por la mitad. Se sentía un poco chispeante y la
conversación fluía naturalmente como pocas veces habían tenido oportunidad.
“Ese hombre está bueno”
“Tiene como cincuenta años”
“Perfecto”
Nora de ninguna manera podía ver la perfección. Para
ella era un señor bien vestido que había salido a cazar a quien se dejara. A
Mariana le gustaba puntualizar la belleza o fealdad de los comensales, a Nora
le gustaba ver cómo se relacionaban entre ellos.
“Ese muchacho de allá no deja de verte”
“Será que vine mal vestida”
“Te ves linda, el chico de seguro también lo cree”
“Yo no lo veo lindo”
“¿Y a aquella chica? Creo que a ella también le
pareces linda”
¿A dónde quería llegar Mariana con aquello?
“Nora, ¿chicas o chicos?”
“¿Por qué me preguntas eso?”
“Mera curiosidad. No me importaría si te gustan las
mujeres, Fernando y yo tenemos hasta una especie de apuesta, él jura que puede
visualizarte con una chica. Hasta tiene una prima que quisiera presentarte”
“Chicos, me gustan los chicos”, puntualizó Nora,
aunque realmente no recordaba bien quién había sido el último que llamara su
atención lo suficiente como para sentirse interesada. Desde hacía algún tiempo solo podría concentrarse
en lo que estaba buscando, pero eso no se lo diría a Mariana.
“Entonces, ¿por qué esas repentinas ganas de beber?
¿Estamos celebrando algo?”
“Sí. He estado trabajando en algo y parece que ya
tengo con qué comenzar”
“Salud por eso entonces”
“Salud”
Eran las cuatro de la mañana cuando emprendieron el
camino a casa de Mariana. Nora estaba ebria. Mariana parecía solo feliz; manejó
fácilmente hasta su casa. Al llegar, ambas tomaron un poco de jugo, Mariana
había insistido. Se dieron las buenas noches; Mariana le dijo que podía ocupar
el cuarto de sus hijos.
“Mariana, tengo que irme unos días”, dijo un poco
insegura.
“¿A dónde vas?”
“Salgo fuera de la ciudad. ¿Está bien si te envío mi
adelanto por correo electrónico?”
“No hay problema, Raúl se va a poner como chango
pero yo puedo controlarlo. ¿Está todo bien con tu familia?”
“Sí, solamente tengo que ir a buscar algo”
“De acuerdo. Y agradece que me agarraste borracha”
“En parte esa era la intención”
“Solo no te pierdas durante meses. Raúl entraría en
pánico, yo entraría en pánico, el mundo entero entraría en pánico”
“Solo unos días y me mantendré en contacto”
“Bueno, ¿cuándo te vas?”
“Mañana mismo”. Lo había decidido en ese preciso
momento. “Por la mañana voy a casa a traer una cosas y avisarle a mis viejos”
“Entonces si no te veo, cuídate y cierra bien la
puerta cuando te vayas. Buenas noches y espero que encuentres lo que buscas”
“Gracias. Diles a Fernando y a los niños que les
dejo abrazos”
“De tu parte”
Mariana desapareció detrás de la puerta de su
habitación. Nora no tomó el camino hasta la habitación de los niños. Se fue a
la ventana que daba al patio trasero y observó el cielo, que estaba lleno de
nubes de color púrpura opaco. Tuvo el presentimiento que quizá su búsqueda
había terminado.
Para el mediodía siguiente ya se encontraba en la
estación de autobuses. Había empacado unas pocas cosas y sintió un ataque de
ansiedad. ¿Y si todo aquello era inútil? ¿Y si nuevamente sus pistas conducían
a nada? ¿Por qué esta vez se sentía tan emocionada? ¿Había sido aquella
pregunta de la desconocida? ¿O comenzaba a recuperar la capacidad de sentirla
cerca?
En un par de días lo sabría y mientras tanto, se
tenía que obligar a esperar un poco más. “Solo un poco más”.
5
Mar no se atrevía siquiera a moverse debajo de las
sábanas. Podía sentir que alguien más estaba en el cuarto y claro que ella lo
había convocado, pero entenderlo no le hacía sentir menos miedo. Habían pasado
unos 45 minutos, calculaba. Ni una sola palabra. ¿Luna estaría mirándola
fijamente con sus ojos negros o lechosos? La duda la hizo estremecerse, rompiendo su
congelamiento. La sombra de Luna se proyectó en su escondite, se había acercado
y no había vuelta atrás. Se animó a hablar. Pero las palabras no obedecían y se
aglutinaron en su garganta. Recordó que tenía otra opción. Pensó en Luna y
luego pensó que le hablaba. “¿Estás ahí?” La respuesta no vino en forma de voz,
sino en una especie de imagen mental de un “Sí”, difícil de explicar. “¿No
moriré si te veo, ni me lanzarás un rayo?” “No”. Respiró, cerró los ojos y guio
sus manos hacia abajo, para descubrirse.
Aún con los ojos cerrados, se sentó al borde de su
cama (por cierto su cama individual siempre resultaba ser su sitio seguro). De
acuerdo, voy a verte y entonces todo empezará.
“No tengas miedo”
La voz de Luna era aterciopelada, grave, como de
cantante de rock. Evaluó Mar, fijándose en un detalle intrascendente.
Cuando Mar abrió los ojos se llevó una sorpresa al
no llevársela del todo, porque Luna ya no parecía aterradora, lo seguía siendo,
pero ya no lo parecía. En lugar de estar completamente vestida de negro, con
guantes y todo, usaba jeans y una blusa azul simple. Su cabello a media espalda
parecía un poco menos lacio y sus ojos eran oscuros, pero normales, esta vez sí
podía diferenciar entre la pupila y el resto.
“Tu ropa”, fue lo primero que Mar pudo articular.
“¿Lo hice mal? Revisé unas bases de datos para darme
una idea sobre un atuendo neutro”
Mar no pudo evitar sonreír. Su ropa era normal, pero
parecía una actriz en fin de semana, paseando por Venecia, en medio de algún
festival de cine.
“No sé qué bases de datos consultaste pero puedes
comenzar ya a recomendármelas”
“No entiendo”
“Ya sé que no entiendes”
Hubo un momento de silencio.
“¿Qué le pasó a tus ojos?”
“Si quiero pasar por humana debo andar con ojos
normales”
¿Así que aún se metía en su mente?
“Dejaré de hacerlo en este momento”
“Gracias”
“¿Gracias? ¿Por qué?”
“Sí,
agradecer es cuando alguien hace algo por ti y tú te sientes bien por eso y
entonces quieres compensarlo de alguna manera”
“¿Una palabra lo compensa?”
“Sí. No exactamente, pero es un principio.
Grábatelo; primera lección: decir gracias te ayudará en el mundo y además es
educado”
“¿Qué es educado?”
“Es cuando uno procura que la gente alrededor se
sienta cómoda contigo y los haces sentir
bien”
“¿Cómo ser un caballero?”
“Una dama, tú serías una dama”
“Ya entiendo. Debo decirte que es fascinante la separación
de sexos”
“Sí. Siempre separados, ese es mi principio”
“No entiendo”
“Ya lo harás”
Luna se veía etérea. Demasiado tranquila, pensó Mar.
Y aquello de alguna manera la calmó más. El encuentro que suponía de pesadilla
estaba resultando bastante natural, que Luna no pareciera un ente sobrenatural,
ayudaba.
“¿Y qué pasará ahora? Bajo y le digo a mis papás, ¿qué
cosa?”
“Diles que una amiga vino a vivir por un tiempo. En
cuanto lo digas, será real para ellos”
“Sí… verás. Esa no es una opción en esta casa. No
puedo traer amigas a vivir conmigo, es como que una regla general. Si mi hermana
se entera, hará un escándalo y eso que ya lleva casada casi siete años. Pero ya
sabes, no dejaban que Pablo viniera y se quedara con ella y es una mujer un
poco fastidiosa…”, Mar se dio cuenta que Luna no entendía nada. “Mejor serás mi
prima, ¿está bien? Eso funcionó la última vez. Serás mi prima y vienes a
quedarte un tiempo y hasta puede haber sido idea de mis papás. ¿Entonces solo
lo digo y se hará realidad?”
“Sí”
“Debes dejar de ser tan críptica si quieres encajar
en este mundo”
“Hablas como ella”
“¿Cómo quién?”, ahora fue el turno de Mar de no
entender.
“Sara suele utilizar esa palabra, críptica”
“Sí, es que pasamos mucho tiempo juntas y cuando eso
sucede las personas empiezan a hablar de manera similar y a Sara le encanta
hablar con palabras domingueras porque es un poquito pretenciosa”
“¿Domingueras?”
“¿No tienes una especie de modo de autoaprendizaje?
¿Tendré que explicarte qué significa cada palabra?”
“No. Yo aprenderé sola.”
“Bien. Entonces explícame las reglas”
“No las hay. Simplemente estaré contigo y observaré
y aprenderé. Me dejarás interactuar, indicándome si lo hago de manera correcta,
sin interferir”
“Entonces soy una especie de pretexto y no tengo un
papel definido en tu misión o lo que sea”
“Es correcto. No interferirás”
Con esto Mar recordó lo que tenía enfrente. Luna
parecía un ser humano, pero no lo era y todo aquello volvió a tornarse extraño
e incómodo.
“Esperemos a que amanezca. Si quieres échate en la
cama, yo me tiro en el suelo y duermo otro poco”
“Yo no necesito dormir, pero puedo fingir que lo
hago, si quieres”
“No es necesario. ¿Entonces esperarás?”
“Sí”
“Puedes tomar uno de mis libros para pasar el
tiempo”
“Ya los he leído todos, contigo”
Eso daba escalofríos, pensó Mar. “Haz lo que
quieras”, dijo. “Apagaré la luz”
La oscuridad llenó la habitación. Contrario a lo que
pensó, Mar se fue quedando dormida casi de inmediato, lo último que vio fue a
Luna de pie junto a la ventana y creyó que era muy extraño verla iluminada por
su propia luz.
Se habrá despertado a eso de las diez de la mañana.
Había dormido más de lo que tenía pensado. Luna seguía parada junto a la
ventana, en la misma posición.
“Buenos días”, saludó desperezándose.
Luna volteó a verla. Mar pensó que se veía tan
fresca como la noche anterior, en cambio ella lucía como cualquier ser humano
recién levantado.
“¿Qué le pasó a tu cabello?”, preguntó Luna,
examinándola.
“Tiene vida propia”
“Me parece que es efecto de tu almohada”
“¿Me muevo mucho mientras duermo?”
“También haces sonidos, como un aparato eléctrico”
“Yo no ronco. Solo estaba cansada, pero yo no ronco.
Segunda lección.”
“Aprendida”
Mar se puso los zapatos que tenía a la mano, sin
detenerse a cambiar de ropa.
“Bajemos”, dijo Mar. “Empecemos de una vez con lo
que sea que estemos haciendo”
Los papás de Mar estaban viendo la televisión en la
estancia, un programa donde dulces panaderos se convertían en sádicos
contendientes (¡tierra y fondant! ¡ganache hasta la muerte!). Al escuchar los
pasos desde la escalera, la primera en voltear fue su mamá. Mar pensó que el
rostro de sorpresa y no tanta felicidad que puso, ya valía la pena la
convivencia alienígena.
“¿Pasaron la noche juntas?”
El papá de Mar volteó de inmediato. Empezaba a
amagar una sonrisa cuando la mirada severa de su esposa lo detuvo en el acto.
“Buenos días. ¿Quién es la señorita?”
Mar quiso tirar una carcajada, pero se contuvo. Era
hora de empezarlo todo. Después no habría vuelta atrás, aunque también pensaba
que hace rato que ya no había vuelta atrás.
“Mamá, papá, es mi prima Luna. Ustedes la invitaron
a quedarse con nosotros. Llegó anoche, no quiso molestar y por eso se quedó en
mi cuarto”
Bien pudo ser su imaginación, pero Mar creyó ver una
neblina inundar momentáneamente los ojos de sus padres. Debió durar solo un par
de segundos porque de inmediato dibujaron una sonrisa normal, volvieron a ser
sus padres y eso fue un gran alivio.
“Luna, mi vida, ¡qué bueno que llegaste bien!”
“Bienvenida, esta es tu casa, ya lo sabes”
Siguieron abrazos, indicaciones de que la habitación de la hermana de Mar sería la de
Luna e invitaciones a desayunar pronto, juntos, en familia.
Los huevos revueltos estaban ricos, esponjosos,
frescos. Pero Mar se encontró sin apetito, cosa nada normal. Luna, en cambio,
atacaba el plato, conversaba con sus papás sobre cosas cotidianas y parecía
absolutamente normal. Tan normal como alguien con perfectos modales podía
parecer.
En algún momento, sus papás propusieron un paseo con
la finalidad de mostrarle la ciudad a Luna. Mar no sabía si estaba de acuerdo.
“Es una idea estupenda”
¿Quién decía ‘estupenda’? Pensó Mar, Luna no iba a
encajar en la sociedad si seguía hablando de esa manera. Pero sus papás
parecían encantados con ella, hasta descubrió a su mamá viéndolas
alternadamente, como sopesando porqué su hija parecía un puercoespín y su
sobrina impuesta, una princesa.
“Vayan a alistarse, salimos en media hora… media
hora, ¿entendido, Mar?”
“Sí, mamá”
En su habitación, mientras se abrochaba los zapatos
de lona, Mar empezaba a pensar nuevamente que aquello era un error.
“Pareces molesta”
La voz de Luna parecía terciopelo. La muy doña
perfección.
“Oye, tienes que portarte más normal. Suéltate,
actúa, no sé, más alivianada”
“Lo intentaré”
“¿Sabes qué es alivianada?”
“No, pero dijiste que no debía preguntar más”
“Bien, vamos a hacer esto, pero necesito mi espacio,
¿de acuerdo? De seguro papá va a querer ir al parque y mamá a algún museo
cercano. Yo quiero dibujar un poco, necesito quitarme el estrés, no te me
acerques por un rato. Puedes andar por ahí, platica con mis papás, ellos
también saben cosas”
“Te dejaré sola un momento, si es lo que quieres”
“Sí, es exacto lo que voy a querer”
“Pero hay una condición”
Mar dejó de marcar el dobladillo de su pantalón para
poner atención.
“Puedo dejarte sola un momento, pero no puedo estar
demasiado tiempo lejos de ti. Eres mi vínculo a este mundo. Soy tu Luna”.
Mar sabía que aquello era en serio, extraño,
incómodo, pero en serio.
“Solo será un rato y como sea estaré cerca”
Luna se acercó hasta Mar. Poniéndose en cuclillas
tomó su rostro entre sus manos y volvió a besarla en la barbilla, como lo había
hecho el día del hospital.
Mar se quedó congelada.
“¿Por qué haces eso?”
“A veces necesito sentirte cerca, es una manera de
recordar el vínculo”
“De acuerdo. Pero no lo hagas en público”
“¿Tercera lección?”
“Tercera”
Como había previsto, su papá quiso ir al parque,
junto a los estanques artificiales llenos de patos. Mar nunca había entendido
por qué su papá se obsesionaba con esos estanques; habían sido hechos con
retroexcavadoras, no eran gran cosa. Sentada en la banca junto a su mamá, que
había elegido ese momento para ojear su bloc de dibujo de manera crítica, veía
cómo Luna escuchaba atentamente todo lo que su progenitor decía. Seguramente
hablaban de los patos, de sus diferentes razas (que por alguna razón su papá
conocía), de sus hábitos de migración y de su capacidad reproductiva. Luna
debió sentir que era observada porque cruzó la mirada de Mar y por primera vez,
desde el hospital, dibujó su sonrisa. Mar pensó que esta vez no parecía una
mueca. Pero aun así era aterradora, se recordó de manera alarmante, ¿o no?, que
sí, que era aterradora una alienígena que habla de patos y sonríe junto al
estanque.
Volvió la vista a sus manos, que de pronto
parecieron interesantes. Todavía podía verse en la punta de los dedos una suave
sombra marrón, que casi había olvidado ya, pero ahora recordaba con perfecta
claridad.
La siguiente media hora fue distraída por comentarios
de su mamá sobre ciertos trazos. Además de haber trabajado muchos años como
diseñadora gráfica, su madre también pintaba y había logrado colar algunas de
sus obras a una que otra exposición local. Mar creía que era infravalorada, su
mamá tenía talento suficiente para exponer sola en algún museo de mayor
categoría, pero nunca había tenido la intención de hacerlo. Pintaba por placer
y como Mar lo entendía, eso estrechaba sus lazos. Por momentos, no ese
precisamente, ya que su madre era estricta y estaba puntualizando demasiado
sobre las cosas que podría hacer mejor en sus diseños.
Una hora después, estaban en el museo. Mar estaba
sentada en el suelo, en un rincón. Sus padres paseaban del brazo, seguramente
su mamá repetía las mismas opiniones por tetracentésima vez (ya se dijo varias
veces lo exagerada que era). Los dejó estar solos, como si viéndolos también
invadiera una privacidad a la que tenían derecho de vez en cuando. Buscó a Luna
por los pasillos, la vio observando detenidamente un conjunto de fotografías en
las que Mar se había fijado en visitas anteriores. La fotógrafa retrataba a una
mujer con cara de maniquí en diferentes momentos, la mayoría de los cuales
incluían una cuerda rodeándola, misma que en otra foto se veía siendo lanzada
por un hombre a su lado.
Mar quería saber qué era lo que Luna estaba pensando.
Suspiró. Después de todo no estaba dibujando nada.
“¿Qué es lo que te gusta?”
Sin desviar la vista de las fotografías, Luna
respondió.
“¿Cómo se llama eso? No la cosa, sé qué es una
fotografía. ¿Cómo se llama eso que está mostrando?”
“Bueno… solo es una representación, una mirada de la
fotógrafa, pero creo que es ira, impotencia, frustración. A veces las mujeres
son tratadas como cosas, como objetos, por eso la máscara que tiene la modelo. Además
así no solo se representa a una mujer, sino a todas. De seguro hay
antifeministas que detestan estas fotos, puede que hasta alguna feminista del
nuevo orden.”
“¿Así se siente la ira?”
Luna señaló una de las fotografías en la que se veía
a la mujer-maniquí lanzando su maletín contra un vidrio, quebrándolo en mil
pedazos.
“Ira que permite liberación, supongo, no sé, nunca
fui buena interpretando obras”
“También quiero sentir eso”
“Estas conviviendo con seres humanos, más temprano
que tarde tendrás oportunidad de sentir ira, te lo prometo”
“Gracias por explicarme”
“De nada. No
fui de mucha ayuda en realidad”
Mar sonrió sinceramente y fue correspondida.
“¿Cómo es que puedes reír?”, preguntó la terrícola,
cayendo en cuenta de que era algo que Luna parecía conocer desde antes.
“Me siento contenta. Tranquila”
“¿Eso sí lo sabes?”
“Hace un tiempo lo aprendí”
Mar no había podido disipar su duda, ni tantito.
Pero qué se le iba a hacer.
Una mano en su hombro la reclamó. Sara estaba parada
frente a ella. Fresca y hermosa, pensó.
“Hola”, saludó Mar.
“Buenas tardes, te estaba buscando”
“¿Cómo me encontraste?”
“Son las seis de la tarde, en Domingo. No había
nadie en tu casa y tu mamá tiene algo de obsesión con este lugar. Fue fácil”
Mar estuvo segura de que si sonreía más fuerte su mandíbula corría el riesgo de dislocarse.
“Hola”, saludó Luna con su voz ronca, llamando la
atención de Sara.
“Es mi prima, Luna. Va a pasar un tiempo con
nosotros”, explicó Mar.
“Te recuerdo del hospital. Soy Sara, mucho gusto”.
Mar notó también cierta neblina fugaz en los ojos de Sara.
Luna sonrió y luego se excusó, dejando a Mar y a
Sara frente a una fotografía de cristales rotos.
“Es un poco
extraña tu prima”, señaló Sara, observando la espalda de Luna que se alejaba.
“Tuvo una infancia difícil… el tío Juan, un pariente
muy lejano, tenía este negocio que le hacía viajar mucho, estaba lejos de la
casa, además ella es hija de su primera novia, con la que nunca se casó…”
“Me refería…”, interrumpió Sara, “a que me vio como
si supiera todo de mí”
“Bueno… le he hablado un poco de ti, ella
seguramente solo te estaba viendo con mucha confianza, es un poco maleducada,
sabes, infancia difícil…”
“También es sexy”
Eso, definitivamente, Mar no lo había visto venir.
“¿Lo crees?”
“Sí, no puedo creer que no lo hayas notado”
“Bueno, es mi prima, no la veo de esa manera”
“Eres especialista en notar a las mujeres, ¿cómo
puedes no notar que tu prima es muy atractiva?”
“El incesto no es parte de mi quehacer visual
cotidiano”
“Es tu prima lejana, estoy segura que no compartes
más ADN con ella que con una banana. En verdad, es completamente sexy”
“Para ser heterosexual, estás siendo demasiado
insistente con el asunto”
“Es ella, ¿verdad?”
“¿Quién?”
“La imperdible”
“Eso es absurdo”. ¿En verdad Sara no venía también
de un mundo superior cuyos habitantes podían leer los pensamientos?
“Es muy raro, pero podría jurar que se trata de
ella. Como sea, no importa. ¿Dormirá en tu habitación?”
“Sara, te estás poniendo pesada.”
“Eso significa que no, demasiada frustración sexual,
cariño”
Mar estaba realmente molesta, ¿con qué derecho le
hablaba así? Quería que Sara se fuera de una vez. Ni siquiera había sido grave
lo que había dicho, de acuerdo, incluso pudo haber pasado como una broma, pero
no se sentía así. Fue malintencionada y viniendo de Sara esas cosas solían
doler más. Con Sara todo se sentía más.
Sara debió darse cuenta de lo que pasaba en Mar.
“Si dices que no es Luna, te creo. Y si lo fuera da
lo mismo, mientras no te olvides de mí por estar con quien sea, todo está
bien.”
Mar se calmó de inmediato. Sara tenía mucho poder
sobre ella y cada vez que pensaba en eso, sentía que era la que salía perdiendo.
“¿Todo bien con Iván?” Preguntó Mar más tranquila,
por cambiar de conversación.
“Sí. Estamos bien por ahora”
Mar quería decirle muchas cosas, entre las cuales
que ese “por ahora” era realmente patético. Sara no tenía por qué conformarse,
alguien podría quererla más y mejor que Iván y no es como que Sara no lo
supiera, simplemente a veces es más fácil decidir ignorar algunas cosas.
Platicaron un poco más mientras se dirigían a la
salida donde se encontraron con los papás de Mar y con Luna. Sara pasaría a
cenar con ellos, como era habitual.
Sentada entre Luna y Sara, Mar se sentía atrapada,
en todas las formas imaginables. Era como una película de ciencia ficción y de
comedia al mismo tiempo. Si alguien se pusiera a cantar en ese momento Defying Gravity, no sería completamente
raro.
“¿Tienes un teléfono?”, le preguntó Luna. Mar la
observó unos segundos, sorprendida con lo abrupto de la duda.
“¿Tú no tienes uno?”, cuestionó Sara, sin dar tiempo
a Mar de responder.
“Tengo el de Mar, si ella tiene”, y sin razón
alguna, Luna decidió reafirmar su declaración colocando su mano sobre la de Mar
que descansaba en su pierna. Mar se sobresaltó. Sara ignoró el gesto. Luna
retiró la mano y Mar debió cortar el silencio.
“Sí claro, tengo uno, ¿necesitas usarlo?”
“Una joven mujer me dio su número en el museo y me
dijo que la llamara”
Mar la miró atónita. ¿Era en serio? La incomodidad
se hizo más cortante dentro del auto cuando su madre carraspeó sonoramente.
“Luna, mi vida, eres un encanto. Llevas menos de veinticuatro
horas con nosotros y ya estás haciendo amigas”
De alguna manera, el comentario de la mamá de Mar,
que intentaba con todas sus fuerzas romper el momento incómodo, solamente lo
sedimentó más.
“También tengo el número de un hombre joven, él
desea tomar una taza de té conmigo. ¿Esa es una especie de alimento? ¿Creen que
necesito alimentarme más?”
Sara y Mar rieron por lo bajo. La madre volvió a
carraspear.
“Estoy seguro que te vio más que saludable, cariño”,
sentenció el padre y continuaron el recorrido hasta la casa sin mayores
incidentes.
Sara se retiró de la casa pasadas las diez de la
noche. Tenía que madrugar para ir al trabajo. A las once en punto, Mar se
despidió también, tenía que terminar un par de cosas para la oficina que le
servirían por la mañana.
Luna dio las buenas noches también y siguió a Mar
hasta su habitación.
“Tengo que trabajar”
“Trabaja. Solo observaré”
Mar se acomodó resignada en su escritorio y comenzó
a colorear unas muestras para la página web de una firma de bienes raíces.
¿Alguien contrataba en realidad a estas personas? Quizá solo se tratara de una
forma snob de vivir. Gente rica que no tenía tiempo suficiente para buscarse sus
propios sitos, pensó, un poco prejuiciosa.
“¿Luzco saludable?”
Ahí estaba, por supuesto que Luna no la dejaría
trabajar tranquila.
“¿Por lo de los números de teléfono?”
“Sí”
“Verás, las personas te dan su número telefónico
cuando están interesados en ti”
“¿Quieren ser mis amantes?”
“Es posible que esperen eso en algún momento, pero
inicialmente lo que quieren es conocerte porque te consideran atractiva”
“¿A ti te sucede eso? ¿Te dan sus números
telefónicos?”
“A veces”, por lo regular le daban simplemente sus
nombres de usuario en alguna red, pero declararle eso a Luna seguramente
llevaría a más explicaciones y aún le faltaba
colorear tres vistas.
“Tú sueles dar tu número”
Aquello no era pregunta. Claro que Luna estaba
enterada de que ella era un poco más cazadora que presa, después de todo se
habían conocido durante muchos tiempos, ¿cierto?
“Quiero tener una relación romántica”
Suficiente. Mar tenía que prestar toda su atención
ahora. Aquello comenzaba a tener tintes raros y de entrada las intenciones de
Luna parecían una verdadera mala idea.
“No me parece correcto. Tú no eres de este mundo, se
supone que estás aquí para aprender de los humanos, es tu misión, ¿cierto?”
“Es correcto”
“Una relación romántica implica muchos sentimientos,
terminarías por lastimar emocionalmente a la otra persona si se llega a
enamorar de ti”
“¿Podría salir lastimada yo?”
“Eso depende, ¿podrías enamorarte?”
“Es potencialmente posible, me he predispuesto a ser
capaz de sentir todo lo que ustedes sienten”
“En verdad es una mala idea”
“¿Entonces no debería hacerlo?”
Mar quiso decir que no, rotundamente. Pero, ¿qué
mejor manera de aprender a sentir que enamorarse? Finalmente, solo después de
un corazón roto o de un romance apasionado uno puede comenzar a sentir con
plenitud. Además Luna había llegado a aprenderlo todo, y no todo sería bueno.
“Es tu decisión”, concedió Mar.
“Entonces me enamoraré”
Era una terrible, terrible idea, pero Mar no podía
interferir, ella solo era el vínculo entre el ser intergaláctico y el mundo
terrestre. Una simple observadora.
“Me ayudarás con eso”
Y Mar se dio cuenta de dos cosas en ese momento: que
aquello era una especie de orden y que sería realmente difícil terminar de
colorear sus páginas.
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